Israel de la Rosa: «El quejido de una guitarra»
El acorde suave de una guitarra, la tierna caricia de unas manos hábiles, las cuerdas que tiemblan con pudor, que se estremecen primero; los corazones que tiemblan con deseo, acompasados, que se estremecen después. Pedacitos de una trenzada melodía que el público ingiere en arrebatado silencio como dulces píldoras, como las dulces píldoras que alivian generosamente el alma, que transportan el cuerpo liviano —fenómeno maravilloso y flotante— a una dimensión acomodada, jardín en penumbra sembrado de blandos cojines y coruscantes espejos.
Jamás una inteligencia artificial podrá replicar esa armonía natural, esa vibrante y sagrada comunión entre músico y espectador, la catarsis muda, paciente, enloquecedora, salvaje, que se aposenta gradualmente en la tersa flor de piel del auditorio. Nunca una inteligencia artificial —y es algo que aseveramos sin temor a equivocarnos— podrá establecer ese vínculo invisible e infrangible, tan poderoso, tan humano, tan genuino, entre músico y espectador. Nunca. El artificio es incapaz de imitar la vida. El artificio solo es capaz de parodiar un modelo, de tomarlo como referencia y mudarlo en grotesca caricatura.
Existe en un concierto, ya desde los primeros guiños, una tímida corriente de cosquilleante energía, barniz extraño de alegría adormecedora; arranca y se yergue con firmeza, entre los ecos de los primeros aplausos, un caudal latiente de fuerza rabiosa, incontenible, prometedora, un vendaval sin embridar de furia y ternura, que destruye, que aplasta y arrastra consigo las minúsculas preocupaciones del público, los sinsabores burdos y triviales de un mal día, las asperezas estúpidas de una jornada de trabajo. La música, como franqueando altos muros de presa violentamente abatidos, libera y desprende del corazón todas esas espinas amargas, largo tiempo incrustadas, y las arroja con vehemencia en campos apartados, distantes, y........
