Israel de la Rosa: «El paria»
Los ríos de la sociedad van por un lado, gruesos en su caudal flemático. Van esos ríos sociales murmurando sus penas y sus satisfacciones, sus orgullos a punto de reventar y sus victimismos de tragedia barata, de teatrillos de cartón piedra. Bajan trotando hacia el mar esos amontonamientos desordenados de agua, ese flujo espeso de aberraciones metropolitanas, todo ese ruido de progreso y modernismo, ese tronar hipócrita de derechos sociales, de privilegios, de discriminación. Un río de multitudes acaloradas lanzando consignas, persignándose en nombre de la fraternidad, de la lucha heroica, del amor al prójimo, de la igualdad, y que en su salvaje paroxismo acaban llevándose por delante, precisamente, la fraternidad, la igualdad, la lucha heroica y al prójimo. Van esos ríos sociales cuesta abajo, tronando, flamantes en su caudal turbio.
El paria, sin embargo, transita por otro lado. El paria, con los ojos encendidos y la lengua fuera, igual que un niño aporreando un cuaderno con un rotulador, va cuesta arriba por una orillita de ese mismo río. Va remando el paria por la orillita del río, a contracorriente, esquivando el tumulto, chapoteando tímidamente en la margen calmosa del río con sus ideas de oveja negra, con sus propósitos de carnero descarriado. A fuerza de remar sin descanso, remonta el paria el río y alcanza la corona calva de la montaña más empinada. Y allí se sienta, en esa corona calva, con sus patitas de pollo colgando en el abismo. Se sienta allí, en la cima solitaria, secretamente complacido, y contempla el mundo con una sonrisa de travesura.
Al paria no parece importarle nada. Al paria nada lo conmueve. Los delirios temblones de la sociedad histriónica poco o nada inquietan al paria. Los entusiasmos febriles por lucir coche nuevo, por vestir a la moda, por viajar a confines de tierras exóticas, por presumir de peinados,........
