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«La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.» Groucho Marx
Hay épocas en las que las sociedades votan por ilusión. Otras, por convicción. Y existen momentos más delicados y silenciosos en los que las sociedades votan por cansancio. No porque crean asistir a un amanecer histórico ni porque hayan encontrado una tierra prometida, sino porque sienten que una etapa ha comenzado a pesar demasiado. España parece acercarse peligrosamente a uno de esos momentos. Y cuando una sociedad empieza a pensar más en terminar algo que en construir algo nuevo, conviene escucharla con atención. Porque los pueblos, igual que las personas, soportan mucho tiempo la incomodidad; lo que raramente soportan es la sensación de agotamiento permanente.
Ningún partido político representa el cien por cien de las aspiraciones de sus votantes. Nunca lo hizo ni probablemente lo hará. El ciudadano no deposita una papeleta porque haya encontrado una traducción perfecta de sí mismo. Vota porque establece prioridades. Jerarquiza sus preocupaciones y elige aquello que cree más útil para resolver lo que considera principal.
La política real es bastante menos romántica de lo que dicen los discursos. El elector suele pensar algo mucho más sencillo: «No comparto todo con este partido, pero puede acercarme a lo que considero más importante». Así ha ocurrido siempre.
Por eso quizá convenga mirar con prudencia pero también con honestidad lo sucedido en distintos procesos electorales recientes. Extremadura, Aragón, Castilla y León o Andalucía han mostrado algo que trasciende la mera suma de escaños. Existe la impresión creciente de que una parte significativa de la sociedad española no vota tanto impulsada por entusiasmo hacia una propuesta concreta como por la necesidad de cerrar una etapa política.
Las razones pueden ser distintas: desgaste, polarización, economía, pactos parlamentarios, cansancio institucional o simple deseo de alternancia. Pero en política las causas individuales importan menos que los efectos colectivos. Miles de motivaciones diferentes pueden terminar produciendo un mismo comportamiento.
Y cuando eso ocurre repetidamente en distintos territorios, quizá ya no estemos observando una casualidad.
Sin embargo, España presenta una particularidad llamativa.
Cuando los bloques políticos nacen unidos por el rechazo a una situación determinada, lo habitual es que reduzcan sus diferencias mientras el objetivo principal permanece vivo. Primero se desplaza al adversario y después llegan las discusiones internas.
Pero aquí parece haberse producido una anomalía: parte del espacio político llamado a canalizar el deseo de alternancia ha librado simultáneamente dos batallas.
Una contra el adversario.
El Partido Popular y Vox han convivido durante estos años en una extraña relación de proximidad y desconfianza. Se necesitan y al mismo tiempo compiten. Se aproximan mientras se separan. Se observan con interés y con........
