César Valdeolmillos Alonso: «El amor que se atreve a envejecer»
«El amor es una decisión, no solo un sentimiento; se ama a quien se elige amar.» José Luis Sampedro
San Valentín desafió la ley por defender el amor. No celebramos solo un sentimiento: celebramos una elección. Y elegir amar, cuando el tiempo empieza a pasar, es un acto de valentía mucho mayor que enamorarse.
Quienes se asoman por primera vez al acantilado del amor sienten el vértigo de no saber si aquello que les late dentro es miedo o esperanza. Una fuerza imperiosa les impulsa a lanzarse al vacío sin saber que, una vez iniciada la caída, nada volverá a ser como antes. Y sin embargo, saltan, porque la búsqueda del amor merece, por sí sola, el riesgo de intentarlo.
No hay puerto definitivo para la nave del amor porque el amor perfecto no existe. El amor no es un lugar al que se llega: es un viaje sin fin. Una travesía cuyo objeto no es llegar, sino el viaje en sí mismo. Porque mientras caemos desde el acantilado todo es posible. El aire aún no tiene forma, el vacío aún no ha mostrado sus límites.
En el umbral del amor no vemos a una persona: vemos la promesa de una persona. Sobre ella proyectamos todo lo que deseamos, todo lo que hemos soñado, todo lo que anhelamos. Construimos un palacio sobre un cimiento inexplorado.
Esa es la paradoja inicial: nos enamoramos de quien aún no hemos comenzado a conocer, pero imaginamos que lo amamos, sobre todo, porque todavía desconocemos sus grietas.
El enamoramiento, con frecuencia suele ser embaucador: nos regala un espejo que nos devuelve la imagen de nuestro sueño más acariciado. Nos muestra lo que nosotros queremos ver, no lo que es. Y es esa imagen, aún no contrastada, la que nos impulsa a lanzarnos sin reservas, persuadidos de que lo que vemos es la promesa cumplida de aquello que siempre hemos buscado. Sin ese primer vértigo, jamás emprenderíamos la travesía.
La efervescencia del amor
El enamoramiento es una fuerza incontenible que no pide permiso para entrar en nuestras vidas. Inesperadamente, dos seres se buscan con urgencia, como si cada uno quisiera abolir la distancia que los separa. Hay tensión, hambre, una voluntad de encuentro que no admite demora.
El arrebato del impulso obedece a la urgencia de una conquista compartida. El amor joven es apremiante, se justifica a sí mismo, no necesita demostrarse. Dos cuerpos que se encuentran, dos historias que se entrelazan, dos soledades que se atreven a rozarse. Es la primavera del amor: todo brota, todo emerge con ímpetu irrefrenable.
Pero cuando el deseo inicial ha dicho lo que tenía que decir, cuando el cuerpo ya no reclama sino que cede, ocurre la gran........
