menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El legado de Noelia

22 0
02.04.2026

El día que murió mi abuelo Benigno yo tenía que preparar un examen de Historia. Mi hermana y yo sabíamos que nuestro abuelo estaba muy mal porque mis padres nos habían mandado a casa de mis tíos para poder estar todo el tiempo posible con él en el hospital, pero ninguna de las dos habíamos siquiera imaginado la posibilidad de que mi abuelo fuera a morirse. Hasta que llegamos de clase y mi tía nos contó con toda la delicadeza posible que mi abuelo había fallecido. Y para su sorpresa mi hermana y yo nos tomamos la noticia con calma y serenidad, y al rato las dos estábamos absortas en hacer los deberes y, en mi caso, preparar aquel examen de Historia que quería bordar. Hasta que llegó la noche y a mi hermana y a mí se nos desbordó el dolor y, sobre todo, nos golpeó la certeza, aterradora, desgarradora, de saber que nunca más íbamos a volver a ver a mi abuelo Benigno. Porque Benigno ya no era. Y se desató el llanto y nos inundó una pena inconsolable pero también una desesperación animal de querer volver a verle, volver a oírle reír, escuchar su voz y sentir sus abrazos una última vez. Una desesperación irracional que coqueteaba también con la fantasía y el pensamiento mágico del "y si": Y si no está muerto, y si en realidad se han confundido, y si y si...

Y así fue mi primer desolador, inconsolable e inolvidable contacto con la muerte. Porque hasta aquel momento la muerte había sido para mí un algo indefinido, el eco lejano de un acontecimiento que les sucedía a los demás. Pero una vez que al fin se ha llegado a la certeza de que no hay manera de escapar de la muerte -de la propia y, lo que aún es peor, de la de aquellos a los que amas-, ya nunca más se vuelve a ser la misma persona. No se es, desde ese momento, ni peor ni mejor, pero sí alguien totalmente distinto, porque alcanzar la conciencia de la inevitabilidad de la muerte supone el fin de la inocencia, el final de la infancia.

La muerte nos iguala, nos pone en nuestro sitio, nos despoja de la arrogancia propia del homo sapiens y nos coloca a la altura de las........

© Público