Espanto y nube de pájaros
"¡Espantosa noche! Escupí al cielo y lo dejé negro... Me metí la mano en el pecho, saqué el corazón, lo estrujé como una naranja y se lo arrojé a los perros."
Benito Pérez Galdós
No sé si eres padre, madre, abuela o abuelo. Si no es así, imagina por un momento que lo fueras. Tu hija se llama Bahar, antiguo nombre de origen persa, que significa primavera. Tu única hija. La misma primavera que ya florece en los almendros de tu ciudad, Minab, junto al estrecho de Ormuz, en el mar de Omán. Un paraíso terrenal: naranjas y limones, mangos y dátiles, oasis de palmerales.
Es a lo que huele al salir a la calle temprano, a primavera adelantada y a mar. También al pan sangak recién horneado sobre una cama ardiente de guijarros. A primavera y a pan, cuando caminas llevando a Bahar, tu pequeña hija de siete años, a la escuela. A la que has tenido que recriminar que se os hiciera tarde por entretenerse dando de comer trigo a los pájaros de la jaula. Esa enorme jaula del jardín donde encerráis temporalmente las más hermosas aves migratorias del golfo, capturadas en vuestras trampas, para copiar y dibujar los colores y formas de sus plumajes y trasladarlos después a vuestras alfombras. A eso os dedicáis: a tejer en el pequeño taller de casa, las más exóticas alfombras de Persia, que Faraz, tu marido, vende los jueves en el mercado de Panjshambe Bazaar. Alfombras de plumas de pájaros volando por los verdes naranjales.
Si preguntas a Bahar cuál es el momento de mayor felicidad del año para ella, no te dirá el Nowruz, fiesta del año nuevo persa, ni la Chaharshanbe Suri, fiesta del Fuego, ni siquiera la Noche de Yalda o solsticio de invierno. Te dirá: - Liberar a esos pájaros de la jaula y verlos volar por el cielo nada más abrirles la puertecilla de hierro. Una nube de pájaros en libertad.
Son apenas quince minutos andando hasta llegar a tu escuela de primaria, Shajarah Tayyebeh, que significa "Árbol puro". Como tú, mi pequeña Bahar, que eres la más bella pureza, la más hermosa inocencia del golfo Pérsico. Con tus largas trenzas negras, más negras que el carbón, tu babi azul y rojo y a la espalda tu mochilita.
Cuando ya sientes las voces de tus compañeras en la puerta de la escuela, me sueltas la mano y sales a la carrera, volando como esos pájaros. Aunque, de pronto, vuelves la cabeza, me sonríes y me lanzas un beso por el aire. Sin saber, ignorante de mí, que ya no volvería a verte. Verte viva. Porque, por mucha intuición maternal que una tenga, jamás podría imaginar el horror apocalíptico de aquella tragedia.
Todo parecía ir bien en esa mañana espléndida. La........
