Las lágrimas de Ofelia
Este miércoles, coincidiendo con el hundimiento de un buque iraní a manos de un submarino estadounidense, quedé atrapado en el ascensor. Me ocurrió al regresar del mercado, de improviso, aunque la precisión aquí pueda parecer ociosa, pues todo lo fortuito es, por definición, imprevisto. Pero no en este caso. O al menos no del todo, ya que que el ascensor venía anticipando el infortunio a base de sacudidas, puntuales bandazos y episodios de intermitencia lumínica, un cuadro clínico que invitaba a pensar en un desenlace más o menos próximo en el tiempo y que, a fuerza de repetición, los vecinos habíamos normalizado como quien interioriza........
