Víctimas del fetichismo digital
Corría el año 1867 cuando Karl Marx publicó su primer volumen de El capital. Casi 160 años después, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que el tipo era un genio. En su obra detalló el concepto de ‘fetichismo de la mercancía’, en referencia a que las personas terminamos dando tanto valor propio a los productos que nos olvidamos de las personas mismas y de las relaciones sociales de trabajo que realmente están detrás de ese valor. Eso mismo está sucediendo hoy en día con la tecnología y, especialmente, con la Inteligencia Artificial (IA). Qué bien lo sabe hacer el capitalismo y con qué facilidad terminamos siempre siendo sus víctimas.
La IA generativa amenaza millones de puestos de trabajo, como hemos constatado esta semana con los 11.000 despidos de Konecta, el mayor call center de España; es una amenaza para todos los procesos creativos y los grandes centros de datos que precisa para su funcionamiento son trituradoras de recursos naturales esenciales. Tal y como indica una de las voces más críticas, la investigadora principal sénior en Microsoft Research y profesora de investigación en la Universidad del Sur de California en Annenberg, Kate Crawford, el ritmo de consumo de la IA es tal y crece tan rápido que ya compite directamente con los humanos por recursos básicos como la tierra, la energía, los minerales y el agua dulce.
Pues bien, a pesar de ello -y de la encíclica papal-, el capitalismo ha conseguido que el fetichismo por la IA se extienda como la pólvora. No hay día que no vea en redes sociales anuncios de profesionales autónomos ofreciendo sus servicios con carteles diseñados con IA, sin pensar que esa IA arrebata el trabajo a un creativo cuyos diseños, seguramente, sirvieron para entrenar sin permiso a ese sistema de IA. Incluso las Administraciones Públicas caen en la trampa, infringiendo derechos de autor como recientemente denunció el dibujante Paco Roca.
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