Carta a Federico García Lorca
Hace noventa años, ya llevabas dos días muerto. Conforme la noticia corría por este país alzado en armas, lleno de un gentío atemorizado o iracundo –quizás ambos sentimientos se entreveraran–, tú yacías en las entrañas de una tierra que, como diría María Zambrano, se quedaba con lo rojo de la sangre para dárselo a las flores. He decidido escribirte esta carta que nunca leerás para contarte que, de alguna manera, tu presencia acompaña a multitud de almas por los derroteros livianos de cada día; que tú los embelleces desde la sepultura indigna que te endiñaron los verdugos del amor y la piedad en el mundo. Parece mentira que se considerasen cristianos, ¿verdad? Aunque tú, con los ojos de humus, desde el mantillo enraizado a tu boca, seguro que te diste cuenta de algunos acontecimientos: de cómo fue desollando la piel de los justos una contienda que apenas viviste empezada; del apoyo internacional que suscitó la causa republicana –no lo suficiente, lo sé–; o del furor que tu obra generaría mucho antes de que los influencers anegaran la esfera pública con contenido inútil. Ahora no te suenan mis palabras; no te preocupes, en breve las explicaré, pero quería primero donarte mi gratitud por haberte convertido en el fantasma que brinda su desvalida mano a quienes todavía creemos en el poder de la poesía y la bondad organizada del pueblo para librarnos de una amenaza muy parecida a la que inhumó tus huesos tras el estruendo de las balas. Creemos en ti, en la estela lorquiana –mira, tienes un........
