Razones para perseverar
Colombia vive momentos cruciales y hasta emocionantes por la dinámica que ha tomado la disputa electoral, por la visión encontrada del modelo país que desde su esquina de intereses, defienden con ardor, tirios y troyanos, en procura de obtener el favor ciudadano, para que desde el congreso de la república y el presidente que elijan los colombianos, sigamos la ruta del cambio, o regresemos al pasado oprobioso, que tantos desencuentros ha generado en nuestro tejido social; visión, modelo y disputa que también se libra en el espectro mundial.
En el campo nacional, pertenezco a ese grueso de colombianos que ha creído en las bondades del cambio inaplazable del estado de cosas que nos llevaron a la división política y social de nuestro país; porque ese cambio de valores, más temprano que tarde y a pesar de las tormentas vividas, será un factor de cohesión social, que nos permita vivir en armonía y con el gobierno que democráticamente elijamos, sin sobresaltos y enfrentamientos que liquiden la unidad nacional entre los colombianos, a pesar de todas las diferencias.
Cambiar nuestra matriz energética no es solo una decisión técnica: es una decisión profundamente humana. Es decidir si cuidamos la tierra que habitamos, el aire que respiramos y el futuro de quienes todavía no tienen voz. Su reflexión nos recuerda que cada grado que aumenta la temperatura del planeta tiene rostro, tiene nombre y tiene consecuencias reales sobre la vida. Y que actuar ahora no es solo una responsabilidad política, sino un acto de amor y compromiso con la humanidad que queremos preservar.
La desigualdad no es solo una cuestión económica, sino una realidad que atraviesa la vida diaria de millones de personas. Su trabajo nos muestra con claridad cómo las brechas sociales condicionan las oportunidades, erosionan la confianza en las instituciones democráticas y crean contextos donde la exclusión y la falta de expectativas alimentan dinámicas de inseguridad y criminalidad. Su intervención nos invita a mirar la desigualdad no como un fenómeno aislado, sino como un factor estructural que define la calidad de nuestra convivencia y el futuro de nuestra democracia.
En un país marcado por profundas diferencias entre sus territorios y por desigualdades que fragmentan a amplios sectores de nuestra sociedad, se vuelve imprescindible volver a pensarnos como un todo. La integración regional no es solo una estrategia de desarrollo: es una forma de sanar las fracturas que la polarización ha ido profundizando con el tiempo. Promover un país más integrado significa reconocer el valor de cada región, reducir las brechas que limitan oportunidades y construir una convivencia más justa, eficiente y armónica. Porque solo cuando ningún territorio queda atrás y ninguna comunidad es invisibilizada, podemos avanzar hacia un proyecto nacional que nos incluya a todos y nos permita crecer con equilibrio y solidaridad.
Es este proyecto político el que más ha trabajado por la paz y la convivencia pacífica, aun cuando nunca fue ajeno al estigma ni al odio sembrado por la polarización. Lejos de responder con violencia, eligió siempre el camino del diálogo, la dignidad y la esperanza. Y, sin embargo, ha sido el que más ha sufrido: el que ha pagado el precio más alto, el que ha visto caer a sus mejores hijos, inmolados por creer en un país más justo, más humano y más fraterno. Honrar su memoria no es solo un acto de justicia histórica; es reafirmar que la paz no se construye desde el miedo, sino desde la valentía de quienes, incluso en medio del dolor, nunca renunciaron a la vida ni a la reconciliación.
Pondremos las nuevas tecnologías al servicio de la humanidad, no en contra de ella. Defenderemos el empleo, la dignidad del trabajo y el valor insustituible de la vida humana frente a cualquier lógica que pretenda reducir a las personas a simples datos o engranajes. La inteligencia artificial no puede ni debe convertirse en un instrumento de exclusión, control o destrucción humana; debe ser, por el contrario, una herramienta que amplíe capacidades, que fortalezca el pensamiento crítico y que contribuya a formar ciudadanos más libres, más conscientes y más competentes. Porque el verdadero progreso no es el que reemplaza al ser humano, sino el que lo pone en el centro y lo hace más digno.
Si de verdad aspiramos a mejorar la salud en Colombia, es imprescindible concitar mayorías en el Congreso de la República para transformar de raíz un sistema perverso que ha privilegiado el lucro sobre la vida. Un modelo que ha enriquecido a los propietarios de las EPS mientras ha precarizado y envilecido el trabajo de médicos, enfermeras y personal de la salud, y ha convertido el dolor y la necesidad de los pacientes en mercancía. Defender una reforma profunda no es un capricho ideológico: es un acto de justicia social, es poner la salud en el lugar que le corresponde, como un derecho fundamental y no como un negocio construido sobre la enfermedad de los colombianos.
Nuestro proyecto ofrece una educación para la vida, no una formación reducida a producir y a servir como instrumentos de la explotación. Creemos en una educación que libere, que despierte vocaciones y que forme seres humanos plenos, críticos y comprometidos con su entorno. La investigación científica estará en el alma de la academia, como motor del conocimiento y del desarrollo del país. Y junto a ella, la formación en convivencia democrática, el reconocimiento del otro y la solidaridad serán los pilares sobre los que se construirá la educación de los colombianos. Porque educar no es solo transmitir saberes, es formar ciudadanos capaces de cuidar la vida, la democracia y el futuro común.
Dicho lo anterior, la invitación que se formula a los seguidores del proyecto político que lidera el presidente Gustavo Petro, es a que el próximo 8 de marzo, votemos por un congreso que defienda el cambio, votando dos veces por el Pacto Histórico; en cámara marca Pacto Histórico y en el senado marca Pacto Histórico. Ni un paso atrás.
