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Trump, EEUU y la caída de un imperio

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La cantinflesca conducción de la guerra de Estados Unidos (EEUU) contra Irán, que el gobierno de los Trump, Rubio, Hegseth y compañía ha impuesto, demuestra que sin proyecto político estratégico viable, el poderío armamentístico no sirve de mucho. La guerra iniciada por Trump a principios de pasado mes de marzo se ha apoyado en premisas tan falsas -como aquello de confundir a Irán con Venezuela- que cuesta creer que ello hubiera salido nada menos de la -por algunos todavía considerada- primera potencia mundial. 

Si algo deja en claro la pintoresca fauna de “líderes” que conforman el gobierno de la Casa Blanca, es su innegable confusión mental, expresada en la ineptitud e inmadurez con la que gobiernan. El enredo mental en alguna medida es también resultado de la desesperada huida de Donald Trump hacia adelante, para evitar ser procesado legalmente no sólo por sus vínculos con la red de criminales sexuales contenidos en los documentos de Epstein, sino también por acciones ligadas al fraude fiscal. El que el equipo de gobierno, el partido, la representación parlamentaria, líderes republicanos locales y hasta ciertos sectores de la población cierren filas en torno a Trump nos dice que no se trata de la confusión de un solo hombre, sino de todo un proyecto político antidemocrático. Este enredo a su turno, ha sacudido también la política internacional de EEUU, con impactos de alcance global. 

Partamos del hecho que bajo este segundo mandato de Trump, EEUU vive la caída histórica de su condición de imperio mundial. Esta caída es, en el fondo, consecuencia de condiciones económicas, comerciales y políticas operadas a nivel universal. Sin embargo, fueron las políticas de la actual administración republicana, las que actuaron como “acelerador”, para la maduración de los efectos desestructurantes de la otrora primera potencia.  

La caída de EEUU como imperio refleja la ausencia de propuestas para responder a los cambios geopolíticos, demandados por el proceso en curso hacia un nuevo orden global. Esa caída tiene como su inicial indicador un dato fáctico incuestionable: haber colocado a EEUU, en la mesa de negociaciones de las potencias del mundo, como uno más entre pares, despojado de su aurea de rey. Las repercusiones, en el campo diplomático, muestran una presencia debilitada e incluso aislada políticamente, con respecto a sus propios aliados (los países de la OTAN). Hoy por hoy, la errática diplomacia apenas alcanza a sostener una frágil ronda exploratoria, en busca de acuerdos con Irán. 

En lo económico, el Estado norteamericano no fue capaz de responder a la transformación operada en el capital, desde su nivel anatómico. Resultado de tal cambio son las nuevas industrias globales, en los campos de la robótica, la nanotecnología, el internet, la inteligencia artificial, etc., además del incremento de la interconexión de los mercados, las finanzas, el comercio y el flujo de la inversión de capitales en áreas como el de las energías limpias, el de los bonos ambientales y otros. Cierra este arco de transformaciones la configuración de un nuevo orden global. El proceso en curso demanda, más allá de todo deseo particular, nuevas regulaciones y normativas, a fin de garantizar la convivencia civilizada entre los Estados. 

La proliferación de conflictos bélicos nos señala, pues, la ausencia, no digamos ya de liderazgo mundial, sino de una propuesta política seria. En el caso de los EEUU vimos que esta ausencia es inherente al actual gobierno y lo es a partir de la misma política interna. En consecuencia, la falta de liderazgo político democrático llevó a perturbar también la política exterior. ¿Por qué? Porque hablamos de un país que hasta hace poco ejercicio un liderazgo mundial, asentado, entre otras consideraciones, en la previsibilidad que el manejo de la política y la economía domésticas le permitían. 

La caída del rey (i. e., del imperio) es evidente y conviene ahora referirse a los niveles que esa caída podría alcanzar. Desmantelado por Trump, a iniciados de su gestión, el soft power (mecanismo que le permitía una vasta presencia política mundial), retirado de múltiples áreas del sistema de Naciones Unidas y enemistado con los históricos aliados (Europa, Austria, etc.), la política internacional norteamericana se ha visto obligada a reducir sus pretensiones geopolíticas. Desde ya, esta reducción le ha llevado, en los hechos, a comenzar a retirarse del escenario mundial, para concentrarse en algo más modesto: el escenario latinoamericano. 

Así las cosas, la improvisada política internacional (algo que se ha visto intensificada por la guerra contra Irán) no podía conducir sino a la pérdida de estratégica de credibilidad. Este resultado fue inevitable, a la luz de la conducción caótico de la política interna -espacio donde principió el proyecto-, a cargo de mentes confundidas. Si algo caracteriza al actual gobierno de los republicanos, en estas condiciones, es la falta de iniciativas viables, capaces de influir en el proceso de transformación global. Ni siquiera lograron, los Trump, Rubio, Hegseth, etc., liberar a la conducción militar de la improvisación, las decisiones caóticas, así como las frecuentes marchar atrás. Por tanto, también en el campo militar se observa una ausencia de objetivos claros; lo que constituye toda una sorpresa, visto desde el historial militar de este país. La utilidad del poderío militar, per se, es reducido porque depende de las decisiones de los hombres y de su claridad mental; elementos que dotan a todo poderío militar de valor. 

Por más increíble que parezca, no se puede negar que los problemas legales personales de Trump han tenido un indudable peso en muchas de sus decisiones, como presidente. Decisiones que se han orientado hacia la desinstitucionalización de los más importantes organismos del Estado, como la Fiscalía General y las agencias de seguridad (el Pentágono incluido), principalmente. 

Esta experiencia plantea varios temas para futuros análisis. ¿Qué capacidad tienen los sistemas democráticos de protegerse ante un alud de este tipo, que fue capaz de destronar a la primera potencia de su sitial de privilegio? ¿Qué importancia tienen lo personal, lo institucional y la sociedad, en las políticas que definen los destinos de un país? Importancia real, se entiende y no simplemente la reconocida en la teoría clásica del Estado moderno. En ello, tampoco podrá obviarse la pregunta torno a las condiciones y las circunstancias, bajo las cuales lo personal, lo institucional y la sociedad, adquieren preponderancia, en la configuración del poder político. 

En síntesis. Asistimos a la caída de un imperio; hecho que es en sí mismo un acontecimiento verdaderamente histórico. Añadamos que esta caída excede el ámbito práctico de la política, aun considerada en el escenario global. Lo rebasa, porque nos lleva inevitablemente a repensar los fundamentos teóricos y filosóficos sobre los que se levantó el actual Estado moderno, cuya validez es reconocida en la mayor parte del mundo. La historia, es verdad, nos presenta de tanto en tanto curiosas paradojas. Recordemos, por ejemplo, que una cruenta guerra en Europa (1618 – 1648) dio nacimiento al Estado moderno y no sería extraño pensar que otras cruentas guerras lleven a este modelo de Estado a su fin. 

El autor es escritor y sociólogo


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