Estrategia ausente, verdadero problema de Bolivia
Durante los últimos veinte años Bolivia no careció de ingresos, careció de estrategia. Mientras el mundo ingresaba en una competencia geopolítica creciente entre China y Estados Unidos, el país permaneció anclado a un modelo primario exportador cuya estabilidad descansaba casi exclusivamente en el gas natural. No fue una casualidad histórica, fue una decisión política sostenida.
Entre 2006 y 2014, el auge de precios internacionales permitió a Bolivia consolidarse como proveedor energético del Cono Sur. Los contratos con Petrobras y YPF generaron superávits comerciales, acumulación de reservas internacionales y expansión del gasto público. Hubo estabilidad macroeconómica, crecimiento del PIB y reducción de pobreza. Pero detrás de esa bonanza se incubaba una vulnerabilidad estructural: la concentración exportadora en un solo producto sin transformación industrial.
Bolivia se integró al mercado regional en el eslabón más débil de la cadena de valor. Exportó materia prima e importó bienes manufacturados. No desarrolló clusters industriales regionales, no escaló tecnológicamente ni consolidó encadenamientos productivos sólidos. Mientras tanto, Chile firmaba tratados estratégicos, diversificaba mercados y profundizaba su inserción comercial. La diferencia no fue ideológica, fue estratégica.
La caída del precio del petróleo en 2014 marcó el inicio del desgaste. El superávit externo se redujo y el margen fiscal comenzó a estrecharse. A pesar de ello, se mantuvo un tipo de cambio fijo prolongado, subsidios crecientes y una política comercial poco dinámica. La pandemia terminó por evidenciar lo que........
