El realineamiento forzado del mundo
El reciente ataque estadounidense a Irán, bajo el argumento que sea, no es sino la confirmación de que está en marcha la recomposición de la hegemonía internacional que, como proceso, había quedado en una situación de indefinición desde que fue dada por concluida la llamada “guerra fría” entre las potencias capitalistas y socialistas.
El “socialismo realmente existente” se desmoronó en Europa oriental entre 1988 y 1989, etapa que culminó con la dramática disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en diciembre de 1991. Y la oleada pretendidamente izquierdista que atravesó América Latina entre finales del siglo veinte y la década actual, tras desfigurarse, se debilitó y va camino a su cierre. Oficialmente, solo en China, Corea del Norte, Vietnam, Cuba y Laos se mantiene hoy la primacía gubernamental de los partidos comunistas, aunque la primera de las nombradas se distinga por una floreciente y cada vez más amenazante economía de mercado.
En consecuencia, la disputa del presente puede caracterizarse como intracapitalista e intercapitalista, pues ni Rusia ni China, las otras dos grandes potencias en competencia por el predominio global, difieren sustancialmente en contenido y horizonte de su rival central, los Estados Unidos de Norteamérica.
Es indudable que el gobierno estadounidense, en lo que va del año y con la vía armada como opción, tomó la iniciativa para asegurar sus áreas de influencia y descabezar a sus principales eventuales adversarios intermedios y a los probables aliados de sus contendores. El radio que cubre ese accionar estratégico comprende Latinoamérica, la Unión Europea y ahora una parte significativa del Medio Oriente.
Las operaciones belicistas ejecutadas por Washington, junto a sus ya iniciados esfuerzos para inutilizar a la Organización de las Naciones Unidas y para establecer una nueva versión del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca más allá de la Organización de Estados Americanos, están descartando los caminos y espacios de la diplomacia, además de escarnecer la vieja aspiración de la soberanía nacional.
De lo que se trata, claramente, es de reinstalar la lógica “amigo-enemigo” en las relaciones internacionales, pues no hay tiempo ni interés para desarrollar procesos de negociación y construcción de consensos; lo que se pretende es la “rendición incondicional” del contrincante, como ya ha sido advertido. Esto significa que la democracia resultará severamente afectada, incluso en el interior de cada país que aún la conserva, y que la política mundial no dejará lugar para terceras opciones, pues el enfrentamiento no tiene visos ideológicos antagónicos sino los de un ejercicio crudo de poder unilateral.
En ese marco, los intentos de ciertas naciones europeas de mantenerse al margen de la conflagración recién provocada por la incursión estadounidense en Irán pecan de ingenuos, ya que al anunciar que asumirán una posición defensiva no ingresan en un espacio de neutralidad, sino en el de la alianza tácita con los atacantes.
De igual modo, es de cándidos creer que los países latinoamericanos, profundamente fragmentados en la actualidad, podrán estructurar en el corto plazo una postura autónoma unificada, sólida y proactiva frente al avasallador impulso del norte. El desconcierto respecto de lo que ocurrió y sucede en Venezuela, así como la impasibilidad regional ante la visible soberbia que comienza a mostrar la Casa Blanca son señales de que el conformismo terminará como el derrotero elegido.
Muy lejos queda el recuerdo de las demandas articuladas desde 1961 en torno al Movimiento de Países No Alineados, entre las que destacaban la de no intervención en los asuntos internos de las naciones y la solución pacífica de los conflictos, además del rechazo del colonialismo y el racismo. Lo acontecido en las últimas semanas –con los antecedentes más o menos cercanos de las invasiones rusa a Ucrania e israelí a Gaza– es la flagrante negación de esas reivindicaciones de pueblos que buscaban evitar la dependencia de potencias extranjeras, como es una abierta vulneración de principios de la Carta de las Naciones Unidas y de derechos y libertades señalados en la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Hoy, se ha hecho evidente, está en curso un realineamiento forzado del mundo, con la violencia supremacista como componente fundamental.
El autor es especialista en comunicación y análisis político
