El arte de la experiencia: con otra mirada
La sociedad actual prima la juventud, la eterna juventud, la publicidad está llena de cuerpos estupendos y caras bellísimas. La ropa parece diseñada en exclusiva para ellos y ellas, los viajes siempre se presentan aventureros, los coches son conducidos por modelos, los perfumes para atraer sexualmente… La persona joven es el espejo y la referencia para todo. Incluso para el arte. Porque el mercado del arte se basa en la competitividad, en el rendimiento y en el éxito prematuro para tenerle como fuente de ingresos prolongados. El joven crea desde el entusiasmo, las prisas, la energía desbordante, lo impulsivo, lo primero que se le ocurre. Se valora así, la frescura, la espontaneidad, la creatividad, la ocurrencia y la pose, sobre todo la pose alineada con la imagen y el discurso contemporáneo. Que sus propuestas sean más o menos efímeras les da lo mismo, lo importante es vender continuamente lo novedoso y el joven se lo da continuamente al mercado. Pero un joven suple a otro joven, y así, enseguida todo es al mismo tiempo obsoleto y novedoso. Sin embargo, lo que funciona con lo fungible promoviendo una renovación y compra continua del producto, de la aventura, con el arte es un disparo a su línea de flotación. No puedes comprar arte al mismo ritmo y cadencia que renuevas por ejemplo el móvil. Esto conlleva que lo que sirve de gancho publicitario y enriquecimiento de las empresas de gestión artística, se convierta en precariedad del propio artista.
Ante todo esto, la gente con experiencia de vida, sufre los efectos del edadismo, ya no tiene los valores que premia el mercado por lo que su invisibilización es........
