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Comiendo de lujo en la Cuba de la escasez

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24.03.2026

Comiendo de lujo en la Cuba de la escasez

En su ocaso, la dictadura cubana hace lo que siempre ha hecho: utilizar a ese peculiar espécimen que los soviéticos apodaron el tonto útil.

La historia se repite y lo está haciendo de forma ridícula y miserable con la que llaman flotilla Rumbo a Cuba. De la repetición da cuenta esto que escribió Hans Magnus Enzensberger, que había sido partidario, a principios de la década de 1970: "En La Habana seguí encontrándome comunistas en los hoteles para extranjeros, que no tenían ni idea de que el suministro de agua y energía en los barrios obreros había quedado interrumpido, que el pan estaba racionado, y que la población tenía que hacer cola durante dos horas para obtener un pedazo de pizza; mientras tanto, los turistas seguían discutiendo sobre Lukács en sus habitaciones del hotel". La escasez de alimentos y de energía ha sido una constante de la Cuba castrista y si cabe, es ahora mucho peor de lo que fue. Lo único que realmente ha cambiado, respecto a lo de Enzensberger, es que los últimos turistas que ha llevado el régimen no están discutiendo sobre Lukács en sus habitaciones de lujo.

En su ocaso, la dictadura cubana está haciendo lo que ha hecho siempre, que es utilizar a ese peculiar espécimen que los soviéticos, en los años de Stalin, apodaron el tonto útil. Como los años no pasan en balde, resulta que aquel ejemplar, antes valioso, es ahora más tonto y menos útil. Poco o nada le va a aportar al régimen esta colección de figurines, porque su verdadera cara quedó al descubierto hace mucho. Incluso muchos izquierdistas habían dejado de ver en la Cuba castrista el paraíso comunista que irían situando en distintos lugares del globo, aunque siempre lejos del país que les proporcionara el pasaporte. Nada como vivir en democracia y apoyar la revolución a miles de kilómetros. Ha tenido que llegar un grupo generacional de izquierdas particularmente ignorante y cínico para que se pueda hacer el remedo de las viejas operaciones de lavado de imagen de otras épocas.

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Esta última entrega de las técnicas de hospitalidad que desarrolló primero la Unión Soviética y siguieron después otros países comunistas es tan bochornosa como las antiguas. Para saber cómo fueron, hay que leer el monumental Los peregrinos políticos, de Paul Hollander. Eran peregrinaciones en las que, como escribió Eugene Lyons, "los vegetarianos caían en éxtasis de admiración por los mataderos soviéticos". Y si hoy, con esta flotilla paripé, no estamos a punto de ver a un George Bernard Shaw arrojando una ración de comida por la ventanilla antes de salir de la URSS, convencido de que no había hambruna, es porque no hay nadie remotamente parecido al dramaturgo irlandés entre los inútiles. No hay nadie parecido en talento ni en fama, y tampoco se parecen en lo de no enterarse de nada. A Shaw le engañaron; los de la flotilla forman parte del engaño.

Van a engañar lo poco que puedan y, ante todo, a dejarse ver. Por eso no están discutiendo sobre Lukács en sus hoteles de lujo. Están haciendo vídeos para ponerlos en sus redes sociales y sacar de este viaje a gastos pagados lo que han ido a buscar: un brillo de notoriedad. Es probable que la población cubana acabe pagando la visita de los inútiles. Hace años sucedió que se colmó de atenciones a los asistentes a un Congreso Cultural y, a consecuencia de ello, los habitantes de La Habana vieron reducidas sus raciones de alimentos y bebidas durante semanas, antes, durante y después del Congreso. Pero el tonto útil revolucionario no tiene mala conciencia por comer bien mientras otros pasan hambre. Cabalga la contradicción.


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