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Una comparación insostenible con la excusa de la tasa turística

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23.03.2026

Hace unas semanas, las mujeres de mi familia me embarcaron en la iniciativa ‘Sentim les llibreries’, una especie de amigo invisible donde personas que no se conocen se regalan libros. Tras la inscripción por correo electrónico, te llega la ficha del lector asignado con un alias, la edad y los géneros preferidos. Así que este pasado sábado me subí en un Cercanías con destino València para acercarme a la librería escogida y completar el proceso. El tren no llegó a la hora fijada, por supuesto. El trayecto, de una media hora, además, lo hice de pie, como otros centenares de viajeros. Agarrada a la barra del techo para evitar sustos. “Bienvenida a mi día a día”, lanzó mi hija para cortar de raíz mi primera queja. Así, apiñados y con gente sentada en el suelo, completamos el recorrido, dando gracias aún por no ser apeados en Albal. La medida, impuesta estas Fallas durante el horario punta de la Mascletà, ya se había levantado. A ver si, dentro de un año, la prometida cogobernanza metropolitana plantea alternativas menos lesivas para quienes no viven en la capital.

Aglomeración de pasajeros por la limitación de trenes durante las Fallas. / Perales Iborra

De Juan Roig a Vicente Boluda

Al abandonar el atestado vagón, y dejar atrás la Estació del Nord, nos recibió una València cubierta por un cielo plomizo y que empezaba a recuperar cierta normalidad tras las avalanchas de días pasados. Ya no olía a pólvora ni a buñuelo, pero la presión en el centro y sus aledaños seguía siendo asfixiante. Imposible no sentirse expulsado de tu propia ciudad, pensé. Una voz interior me recordó, rápidamente, que todos somos viajeros en algún momento, y que tomamos las calles, las plazas o los monumentos que son de otros. Y yo, que no quería escribir sobre la tasa turística aprobada por el Botànic y derogada por el Consell de Carlos Mazón, aquí estoy. Dándole vueltas al viejo debate abierto de nuevo esta semana por representantes públicos, pero también por empresarios. Algunos de mucho peso, como Juan Roig, al que no conviene desoír tan alegremente, y que invitó a generar más recursos de los turistas. Ya pasó con la financiación propuesta por el Gobierno, donde otro factótum como Vicente Boluda dejó caer aquello tan nuestro de ‘lo que va davant, va davant¨. En ambos casos, la Generalitat ha ignorado tales sugerencias.

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Demonizar al inmigrante

No sé dónde está la fórmula para un turismo sostenible. Quizás, el concepto en sí mismo sea una entelequia. Pero algo habrá que arbitrar, consensuar y aprobar para obtener un mayor rédito a eventos de la magnitud de las Fallas, por ejemplo. Si otras urbes, de aquí y allá, aplican algún tipo de gravamen finalista, por algo será. Lo sensato sería, cuanto menos, explorar las sendas que otros ya recorren con éxito. Y, de paso, dejar de lado perlas como las de José Gosálbez, concejal de Vox en el Ayuntamiento de València. Llegó a decir, con total impunidad, "que no tiene sentido cobrar un extra a los que se dejan dinero en un avión, un AVE, en bares y restaurantes, y no hacerlo a quienes saltan y asaltan nuestras fronteras, agreden a los guardias civiles y no pagan impuestos, ni IRPF, ni cotizaciones a la Seguridad Social". Tal cual. “A todos estos, que sí gastan muchos servicios y la sanidad pública, no se les cobra nada", remarcó, en otro exabrupto para demonizar al inmigrante. Una comparación insostenible. En esas manos estamos.


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