Más Charlots, menos Trumps
El gigante soldado de Charles Chaplin, en la Plaza del Ayuntamiento. / JM LOPEZ
Crecí con una robusta Telefunken que emitía en blanco y negro en la salita de estar. Cuando en casa de muchas amigas ya se había hecho la feliz transición a la pantalla en tecnicolor, nosotros aún seguíamos en el Pleistoceno inferior. Aquella era una época en que la obsolescencia programada aún no se había inventado y en la que los electrodomésticos duraban toda una vida. Para desgracia nuestra, mía y de mi hermano, en la acera de enfrente vivía un resucitador de televisiones que hacía honor a su nombre, Salvador. Sin Netflix ni otras plataformas de pago entre las que elegir, mi familia, como todas, tenía que conformarse con lo que ofrecían los dos canales de Televisión Española, los únicos existentes.
Eran tiempos donde igual se programaba el cine mudo del inexpresivo Buster Keaton o de la pareja de cómicos Laurel y Hardy, El Gordo y el flaco, como los bautizamos en aquella España alejada de la inclusión y la diversidad. Entonces, había que esperar una semana para sufrir con el siguiente capítulo de los primeros dibujos animados de factura nipona, Heidi, El Perro de Flandes, Pedro... O, ya de más adolescente, para envidiar la melena leonina de Farrah Fawcett en Los Angeles de Charlie. Las series televisivas, los tebeos y las revistas juveniles eran la distracción imperante en una época sin móvil.
No miro con nostalgia al pasado. Ni mucho menos. Por cierto, vaya ingenuidad esa corriente absurda de las 'tradwife' que anhelan ser como las amas de casa de antes. Menuda, y peligrosa, involución con lo que han costado los avances feministas. Pero cuando hace unos días empezó a erigirse la figura de Chaplin en la Plaza del Ayuntamiento de València, con la luz que solo da el atardecer de marzo, me vino un flash. Me remonté en el tiempo y me trasladé a aquel pequeño salón de la infancia para ver, con otros ojos, al personaje de puntiagudos zapatones, de bastón, de bombín, de estrafalarios pantalones bombachos y, sobre todo, de locas ocurrencias. Entonces, nos reíamos con sus muecas, su imposible bigote y sus cómicos balanceos. Això és una charlotà!, soltábamos cuando algo nos parecía ridículo.
La mirada de ahora, sin embargo, me hace caer en la crítica social que encerraba ese peculiar humor de Chaplin. La humanidad y ternura de sus personajes. Esa denuncia permanente de las injusticias le llevaría a convertirse en un icono, universal e imperecedero. Ojalá más Charlots y menos Trumps, pensé. Mientras el gigante soldado aguanta la pólvora festiva de estos días fusil al hombro y mariposa en mano, los drones iraníes y los misiles de Estados Unidos e Israel sobrevuelan Oriente Próximo. Vaya paradoja. Lástima que tan peculiar símbolo contra el belicismo y el despropósito de la guerra haya de perecer bajo las llamas. Así es el efímero y sabio arte de las Fallas.
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