De perros y de personas
Foto de archivo. / ED
Este artículo va de perros, de perros y de personas. Por eso, si quien me está leyendo no le gustan los animales o no entiende el vínculo emocional que se puede llegar a tener con ellos, le invito a parar aquí; es probable que esta reflexión no le interese.
Hoy quiero hablar de Isla, la perra de mi madre. Llegó a nuestras vidas hace dieciocho años y hace unos días tuvimos que sacrificarla. Mi madre, ya viuda, decidió adoptarla para tapar el vacío que había dejado Nina, otra perrita que mi padre rescató en su día tras encontrarla atada en una nave de un polígono industrial. La muerte de Nina fue dramática para mi madre porque era un vínculo vivo con mi padre, fallecido años atrás. A pesar de su promesa de no volver a tener perro —«por lo que se sufre cuando mueren»—, Isla acabó entrando en su casa y convirtiéndose en un sostén fundamental.
Tras la muerte de mi madre, hace ya cuatro años, mi cuñada y mi hermano se hicieron cargo de un animal que, poco a poco, ha ido apagándose. En una decisión mancomunada, optamos por la eutanasia. En una clínica, asistimos al pinchazo que dormiría para siempre al animalito. Fue un momento triste, porque todos los presentes sentíamos que, de alguna manera, estábamos despidiendo de nuevo a mi madre. Julia era el elefante en esa habitación, hasta que Isabel, la veterinaria de toda la vida, mientras acompañaba dulcemente el proceso, lo dijo en voz alta: «Para mí es como despedirme de Julia».
Mientras esperábamos acariciándola a que el corazón de Isla se parara, pensé en mi madre y en lo que ella siempre quiso para sí misma: morir de un pinchazo, de un sueño profundo, cuando el deterioro físico o mental fuera evidente e irremediable. Por eso supongo que este artículo no va solo de una perra vieja a la que hemos querido mucho, sino de lo paradójico que resulta que podamos dar a los animales una muerte dulce, compasiva, mientras que, a veces, para las personas la despedida se convierte en una agonía burocrática, cruel e injusta.
Al final, la muerte de la perra de mi madre ha sido como debería ser una buena muerte: rodeada de quienes nos quieren y nos cuidan, en calma, y sin más burocracia que el valor de admitir que ya es suficiente.
