Un nuevo orden mundial
12/03/2025 El presidente de EEUU, Donald Trump POLITICA INTERNACIONAL Niall Carson/PA Wire/dpa / Niall Carson/PA Wire/dpa / Europa Press
En los últimos meses numerosos líderes políticos occidentales afirman que se ha iniciado un nuevo orden mundial con la llegada de Trump, hace poco más de un año, a la presidencia de los EE UU. Y ese nuevo orden habría supuesto el fin del viejo orden basado en reglas. Pero los relatos políticos de esta naturaleza hay que ponerlos en tela de juicio porque casi nunca se corresponden a la realidad y más bien pretenden construir un argumentario para justificar errores en el pasado inmediato, o para anticipar giros políticos difícilmente justificables con argumentos sólidos.
Los imperios a lo largo de la historia se han caracterizado por imponerse y expandirse por la fuerza de sus ejércitos. No ha habido imperios benéficos que pretendieran llevar a otros estados, naciones o pueblos la libertad o el progreso. Y no cabe duda de que Trump es el nuevo emperador de occidente, como lo han sido sus predecesores en la presidencia de EE UU. desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Desde Alejandro Magno hasta nuestros días el relato de las atrocidades perpetradas por los emperadores y sus imperios llenarían miles de páginas. No obstante, se pueden señalar grandes diferencias entre los emperadores. Poco tiene que ver el emperador Justiniano, padre de una de las obras legislativas más importantes de la historia de la humanidad, que es el origen de todos los derechos nacionales occidentales, con el emperador Calígula que, entre sus numerosos desmanes, pretendió nombrar cónsul a su caballo favorito. A Trump es posible situarlo entre Calígula y Groucho Marx: carece de los conocimientos, de la inteligencia y de la altura moral necesarias para dirigir EE UU, y lo mismo puede decirse de la tropa que le acompaña, de la que Trump ha dicho que lo importante no es que esté integrada por personas competentes sino por personas leales a sus designios, sean cuales sean. Pero los aspectos esperpénticos que caracterizan a Trump no deben nublarnos la vista: es, por el momento, quien dirige EE UU.
Trump es el actual representante del viejo orden de occidente que tiene su origen en el imperio romano. Solo que la supremacía de los imperios figura, desde 1945, de manera explícita en la Carta de las Naciones Unidas, en la que se otorga a cinco Estados (EE UU, Rusia, China, Reino Unido y Francia) el derecho de veto en el Consejo de Seguridad, máximo organismo de la ONU. El derecho a veto que se ha otorgado a esos cinco estados es un regla injusta y desproporcionada, pero es una regla aceptada por todos los miembros de la ONU; es el reconocimiento de la supervivencia del viejo orden.
Y los EE UU no contentos con su supremacía, con la finalidad de marginar a sus rivales principales, Rusia y China, y poder actuar sin límites y sin procedimientos rigurosos creó el G7 con una corte integrada por Francia, Reino Unido (no olvidemos que fueron los dos últimos imperios europeos), Alemania, Italia, Canadá y Japón, los estados más industrializados leales a EE UU. En esta organización oficiosa (ni siquiera tiene unos estatutos conocidos) se toman las decisiones más importantes del mundo sin luz ni taquígrafos. Y como correa de transmisión de sus decisiones el G7 ha creado el G20, una especie de corte de segundo nivel, de la que España, por torpeza diplomática, ni siquiera es miembro permanente, sino tan solo invitado permanente con algunos otros estados.
Las tres grandes potencias nucleares, EE UU, Rusia y China, se han repartido y se siguen repartiendo el mundo sin someterse a regla alguna, ni siquiera a las reglas que ellos imponen a los demás: es el viejo orden. Como ejemplo de desprecio a los derechos humanos, ninguna de estas tres grandes potencias ha suscrito el Tratado por el que se creó el Tribunal Penal Internacional: ¿Cómo van a aceptar que un tribunal internacional pueda juzgar las graves vulneraciones del Derecho internacional en que puedan incurrir sus políticos o militares? Nada nuevo bajo el sol.
La naturaleza de las acciones y políticas de Trump poco se diferencian de las de los presidentes republicanos y demócratas que le han precedido. Ejemplos de errores y horrores de sus predecesores fueron la guerra de Vietnam, en la que fallecieron alrededor de cincuenta mil norteamericanos y varios cientos de miles de vietnamitas, o las guerras del Golfo, Irak o Afganistán que han costado la vida a centenares de miles de norteamericanos y nacionales de dichos países, o el secuestro del presidente de Panamá, o la invasión de la Isla Granada, o la cárcel de Guantánamo que sigue abierta y un largo etcétera. La historia hay que conocerla porque se repite una y otra vez: Es el viejo orden que sigue vigente.
Junto al viejo orden hay un nuevo orden: el que representa la Unión Europea nacida en 1951. Una unión voluntaria de 27 Estados
Junto al viejo orden hay un nuevo orden: el que representa la Unión Europea nacida en 1951. Una unión voluntaria de 27 Estados
Pero sí, junto al viejo orden hay un nuevo orden: el que representa la Unión Europea nacida en 1951. Una unión voluntaria de 27 Estados que cumplen el Derecho de la Unión y que resuelven sus conflictos mediante el diálogo y la negociación. Y cuando estos instrumentos no son suficientes los conflictos los resuelve el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, cuyas sentencias se cumplen sin excepción por los Estados miembros: Es el nuevo orden que ha traído paz y prosperidad a los ciudadanos de los Estados miembros de la Unión desde hace 75 años.
El nuevo orden que lidera la Unión Europea sigue atrayendo a todos los Estados vecinos de la Unión que quieren incorporarse a este gran proyecto de progreso, de paz, solidaridad, de libertad y de respeto de los derechos fundamentales. La Unión Europea no necesita ni pretende anexionarse territorios por la fuerza, justo lo contrario: somete a un riguroso examen a los muchos Estados que están dispuestos a hacer grandes cesiones de soberanía para incorporarse a nuestro proyecto.
La Unión Europea y sus Estados miembros, en estos tiempos de incertidumbre, deben defender con firmeza los valores, principios y normas que dan sentido al proyecto europeo. Pero no deben olvidar del lado de la historia en que nos encontramos, desplegando el pragmatismo necesario en sus relaciones con Trump.
