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Peste Guerrera

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08.03.2026

Manifestación en contra de la guerra / Julio Muñoz

Como la última pandemia, la Covid-19, resultó ser poco letal (relativamente), añadimos a las plagas un plus de estruendo: la guerra, y muy pronto en nuestras pantallas, celebraremos el hambre. Ya está armado el cuadro del Apocalipsis, con sus jamelgos flacos.

Y no es que tengamos algunas armas magníficas, sino que todas son asombrosas y se pueden negociar en condiciones financieras muy interesantes, tanto que es el momento de hacernos preguntas de las que no tienen respuesta. En teoría el mejor militar e indulgente estratega es el que deserta. Puede que además sea patriota y no tenga más remedio que deplorar las desgracias… de sus enemigos. Eso ya era así hace mucho y los pobres periodistas no podemos hacer otra cosa, nos cansamos en Iraq y no seguimos adelante, supongo. Un espía es un gran benefactor, sin duda, porque colabora en el despliegue tecnológico de los vecinos que no nos quieren ayudar.

Y mientras tanto, el plumilla expone sus llagas, su impotencia.

Aquí, el señor Trump no solo intimidó a los venezolanos, sino a rusos y chinos y groenlandeses, a lo que se le pusiera por delante. Han muerto 70.000 palestinos, muchos centenares de persas y musulmanes de Nigeria en cantidad desconocida, entre otras bajas. Pero, y eso era lo importante, a Trump se le encrespaban algunos chulitos de barrio (que ya se comportan con más urbanidad de la que el propio Trump pudiera ofrecer) de manera que, pese a los incentivos para sus huestes, se ha logrado que solo se maten entre sí los europeos, como son los rusos y los ucranianos, una guerra limpia. Y europea a más no poder.

La guerra y otras dominaciones es víctima de unos medios de comunicación como los que ya se usaban en tiempos de Daniel Defoe, el de Robinson Crusoe, cuando los periodistas éramos espías, gacetilleros, fingidores, comerciantes y estafadores, comenzando por el señor modélico que sacó de la prisión, por deudas, al novelista que hacía lo que le parecía bien si pagaban mejor.

Es una paradoja de mucho peso que los periodistas fuéramos una colección de pendones, golfos y hasta maleantes, en los buenos tiempos, hace nada y, cosa extraordinaria, que nos leyeran señores burgueses de buen conformar y cafetito al sol.

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