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Los ecos familiares del cine rumano

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Hay festivales que existen a la sombra de Cannes y otros que existen a pesar de él. Transilvania, en su vigesimoquinta edición, perteneció claramente al segundo grupo. Mientras Fjord, del rumano Cristian Mungiu, ganadora de la Palma de Oro, seguía su marcha triunfal por las salas del mundo –ya escribí sobre ella en estas páginas–, la ciudad de Cluj-Napoca dedicó diez días de junio a una apuesta menos inmediata pero igual de reveladora sobre el estado del cine hecho en Rumania: no el que gana premios en la Croisette, sino el que se construye, año tras año, en los márgenes silenciosos del reconocimiento internacional.

Pocas cinematografías nacionales han demostrado tanta vitalidad como la rumana. Desde el Nuevo cine rumano de mediados de los 2000 hasta las generaciones que hoy conviven en Cannes o Venecia, sus directores han ido tejiendo un lenguaje reconocible –el plano largo, la ambigüedad moral, la comedia que roza lo absurdo– sin caer en la uniformidad: cada uno tuerce ese lenguaje a su manera. Y bajo esa diversidad corre una misma corriente de fondo: una crítica social punzante, casi nunca explícita, que examina las herencias del comunismo, la burocracia, la fe y el poder con una precisión que rara vez cae en la denuncia fácil.

Parte de esa fertilidad tiene que ver, seguramente, con la manera en que terminó el comunismo aquí. A diferencia de Polonia o Checoslovaquia, que negociaron su salida del bloque soviético, Rumania vivió una ruptura sangrienta: Nicolae Ceaușescu huyó en helicóptero a la medianoche del 22 de diciembre de 1989 y tres días después fue fusilado junto a su esposa. Ningún otro país del antiguo bloque soviético terminó así, con su dictador ejecutado y el desenlace transmitido casi en vivo por televisión. No es casualidad que el instante exacto de la huida le diera título, años más tarde, a 12:08 al este de Bucharest (Rumania, 2006), ópera prima de Corneliu Porumboiu.

La incomodidad frente a Europa –el “mal que bien” con el que Rumania pertenece y no pertenece del todo al continente– no se quedó en Fjord. Cannes tuvo este año otra película rumana que miraba hacia el mismo lugar, aunque desde un ángulo muy distinto: Le journal d’une femme de chambre (Rumania-Francia, 2026), de Radu Jude, que llegó a Transilvania recién estrenada en la Quincena de Cineastas.

En Le journal…, Gianina se dedica a cuidar al hijo de la familia que la emplea en Burdeos mientras,........

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