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Carta desde Buenos Aires: Una paradoja porteña

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28.01.2026

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El último sábado fui a visitar a una amiga que vive en Palermo, barrio trendy por excelencia, y tuve una sensación rarísima al chocarme con una fila de gente que esperaba para entrar al restaurante Don Julio, en la esquina de Gurruchaga y Guatemala. La vibración de los recitales o de los buenos espectáculos estaba ahí, se sentía en el aire caluroso de la noche porteña: ansiedad, risas, murmullos, expectativa. Había voces extranjeras, pero el acento argentino también se escuchaba entre esas 15 o 20 personas que, según pude saber, tenían hecha su reserva y aun así debían esperar casi media hora por su turno. Eso sí: un mozo impecablemente vestido ofrecía copas de champagne para amenizar la espera.

La fama del restaurante es un gran atractivo: está en el primer lugar del ranking de las 101 Mejores casas de carne del mundo (no olvidemos la pasión argentina por el asado); en el número 10 de la guía The world’s 50 best restaurants; tiene una estrella Michelin y su dueño, Pablo Rivero, fue considerado el Mejor sommelier del mundo en 2024. Pero con un cubierto nocturno que ronda los 200 dólares por persona, no es una salida “conveniente” en un contexto económico de ajuste como el argentino. Y sin embargo ahí estaban todos, firmes en la fila.

“Yo no sé si gastaría eso en una cena”, le dije un rato después a mi amiga María, mientras preparábamos pastas caseras en la cocina de su casa. Ella se quedó pensativa mientras le daba un sorbo a su copa de vino. Hedonista por naturaleza, admitió haber hecho algo........

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