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Una tragedia tras otra

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18.05.2026

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Hace un par de años, un usuario de X recopiló decenas de fotografías de rusos de Kaliningrado, la antigua Königsberg, posando frente a la tumba de Immanuel Kant, que nació y murió en esa ciudad (y no salió nunca de ella). Es, comprensiblemente, la gran atracción de la ciudad. La mayoría de fotos son de los años ochenta y noventa: hay mujeres con cardados, hombres con peinados mullet, y, a medida que pasan los años y llegan los noventa y los dos mil, aparecen los chándales, la gomina y los canis. En esas fotos está la esencia de la ciudad: fundada por los teutones, fue capital de Prusia Oriental, en ella nació el gran filósofo de la Ilustración y, tras la Segunda Guerra Mundial, pasó a manos rusas y se convirtió en un enclave aislado y deprimente, una isla rusa militarizada rodeada primero por otras repúblicas soviéticas (Polonia y Lituania) y luego por la OTAN. Kant y los canis; la Prusia imperial y la Rusia depresiva.

En Ladrón, espía y asesino, el escritor Yuri Buida, que nació en esa provincia rusa un año después de la muerte de Stalin, no habla mucho del pasado de la ciudad. Como ocurre con todos sus habitantes, sus orígenes están en otro lado: después de 1945, la zona se vació de alemanes y fue repoblada por ciudadanos soviéticos. Los padres de Buida provenían de Chuvasia, cerca de Kazán. Para los ciudadanos de Kaliningrado, el pasado alemán de la región es un resto arqueológico; hay........

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