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Yayoi Kusama, la artista de los puntitos

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27.08.2026

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En 2004 conocí los puntitos de Yayoi Kusama y la vi por primera y única vez a ella. Fue en la alucinante exposición Kusamatrix, en el Museo de Arte Mori, en Tokio. Los asistentes a la inauguración, en los pisos 52 y 53 de la Torre Mori del complejo Roppongi Hills, íbamos de sala en sala viendo puntitos, mientras ella también, como un puntito, vestida de puntitos, estaba sentada inmóvil y callada en un banco de puntitos completamente camuflajeada entre una de sus instalaciones de puntitos, viéndonos pasear a todos frente a ella como puntitos.

Yayoi Kusama fue la creadora de arte contemporáneo más célebre y longeva, pionera del movimiento avant-garde en Japón. “Descubierta por Occidente”, escribió Ryuchi Sakamato en la presentación del catálogo de esa exposición, fue un fenómeno artístico desde sus orígenes.

Nació en 1929 en Matsumoto, un pueblo rural de Nagano, al noroeste de Tokio, en una familia acaudalada, dueña de huertos. Rodeada de plantas, vegetales, flores y semillas, cuenta en su autobiografía, Mugen no ami (La red infinita, Ediciones B, 2022), que desde los diez años padecía alucinaciones auditivas y visuales. Curiosamente, los caracteres chinos de su nombre pareciera que sellaron su destino. Yayoi es el nombre que en el calendario tradicional japonés luni-solar se refiere al actual mes de marzo. Significa “brotes de vida”, “llena de vida” y el nombre de familia, Kusama, puede traducirse como “espacio de hierbas.” Fue una artista que siempre dibujó las formas de la naturaleza como si estuvieran vivas.

Comenzó a dibujar las violetas que la intimidaban, los vegetales que veía descomunales, los perros que le decían palabras, y todo lo cubría de incontables lunares, patrón que repetirá en todas sus obras. Vivió una infancia tormentosa entre las percepciones irreales que salían de su cabeza, un padre ausente y mujeriego y una madre dominante y cruel que la obligaba a espiar a su padre cuando salía con otras mujeres y que descargaba su frustración maltratándola o prohibiéndole lo que más le gustaba: dibujar. A los diez años hizo a lápiz un retrato de su madre con una expresión triste y cubierta de lunares. A los once ganó su primer premio de arte por una calabaza que dibujó y que se convirtió en uno de sus temas obsesivos, su alter ego. En su adolescencia pasó días y noches dibujando los mismos patrones.

“Pensaba que solo los humanos podían hablar, así que me sorprendió que las violetas usaran palabras para comunicarse. Todas ellas eran como diminutos rostros humanos fijos en mí. Estaba tan aterrorizada que las piernas me temblaban… En otras........

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