Néstor Jiménez: del trabajo y otros métodos para dignificar la vida
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Es probable que no exista un factor que defina tanto nuestra relación con el mundo como la idea del trabajo. Hemos aprendido –o acaso solo asimilado– que, para dignificar nuestra existencia, tenemos que laborar y percibir un sueldo por lo que hacemos; en otras palabras, traducir el quehacer diario en ganancia –principalmente económica– y así defender nuestro derecho a otras actividades como el tiempo libre, de ocio y descanso. O para, simplemente, darle un sentido a nuestra vida… ¿Hasta qué punto el vínculo con las empresas o instituciones compromete la idea de eficiencia de las personas? ¿Por qué será que, después del nombre, la pregunta más común para conocernos está relacionada con nuestra ocupación y no necesariamente con nuestros intereses?
El antropólogo David Graeber escribió en 2013 un ensayo lúcido y crítico sobre el entendimiento de los trabajos en nuestro tiempo y la manera en la que ciertos perfiles laborales nos obligaban a pensarnos de cierta manera frente al resto del mundo. En este texto, el autor cuestiona cómo gran cantidad de personas, sobre todo en Europa y Norteamérica, pasan la totalidad de su vida laboral desempeñando tareas que, en el fondo, creen bastante innecesarias y cómo esto genera un daño moral y espiritual profundo, una cicatriz sobre el alma colectiva de la clase trabajadora a la que pertenecemos. Además, sostiene que “en nuestra sociedad parece haber una regla general por la cual, cuanto más evidente sea que el trabajo que uno desempeña beneficia a otra gente, menos se percibe por desempeñarlo” y, aunque el autor precisa que no hay un método objetivo para medir esto, propone un ejercicio sencillo e inmediato: preguntarnos qué pasaría si toda la gente que realiza ciertas tareas en la sociedad simplemente desapareciera. “Di lo que quieras sobre enfermeros/as, basureros/as o mecánicos/as”, menciona, “es obvio que si se........
