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¿Puede un católico ser liberal? En torno al liberalismo, la libertad y la vida buena

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02.01.2026

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Corren malos tiempos para el liberalismo, como es sabido. No por casualidad llevamos años debatiendo acerca de la crisis de la democracia liberal, que constituye el fruto largamente madurado de la teoría y la praxis liberal. Los informes internacionales más importantes, ya sean los que publica Freedom House sobre el estado de las libertades en el mundo o el Democracy Index que edita anualmente The Economist, ponen de manifiesto el retroceso de la democracia liberal en el mundo. “¿What’s wrong with representative Democracy?” se titulaba el último informe de The Economist correspondiente a 2024. Conviene subrayar además que cuando hablamos del deterioro de la democracia liberal son los elementos definitorios del constitucionalismo liberal los que están siendo debilitados o destruidos: la separación de poderes, la independencia judicial, el Estado de derecho, el parlamentarismo, las libertades individuales, los derechos de las minorías y el pluralismo, por hacer una enumeración apresurada. 

Queda lejos el tiempo en que Francis Fukuyama proclamaba el triunfo de la democracia liberal como forma final del gobierno humano, sin rival tras el derrumbe del socialismo real. Su último libro, en cambio, lleva un subtítulo que lo dice todo: “Cómo defender nuestras democracias liberales” (2022). Y ahora escribe: “Creo que el liberalismo está bajo una grave amenaza en todo el mundo hoy; aunque alguna vez se dio por sentado, sus virtudes necesitan ser claramente articuladas y celebradas una vez más”. El contraste es elocuente.  

Que el liberalismo está necesitado de defensa hoy, también en el plano teórico, no es sólo opinión de Fukuyama. Basta ver cómo menudean los ataques y las voces críticas contra el liberalismo, recurriendo a distintos prefijos: a los antiliberales de toda la vida, que nunca se fueron, ahora se suman iliberales y posliberales, por más que los perfiles se tornen difusos. El liberalismo está sometido a intenso fuego cruzado, proveniente tanto de la derecha como de la izquierda, con acusaciones de todo tipo que van desde el declive de los valores tradicionales a los males del capitalismo y la globalización. A tanto llega la cosa que Cass Sunstein se ha preguntado alguna vez si no es el liberalismo el culpable de todas las cosas que van mal en nuestros días, si no lo ha estropeado todo (“Has liberalism ruined everything?”, 2020), con sorna manifiesta. 

Algunas cosas llaman la atención de esas críticas. Entre ellas, que parecen erigir a los “ismos” en agentes protagonistas de la historia, en lugar de desentrañar las complicadas cadenas causales que van de las ideas a los cambios y tendencias sociales. Algo de lo que ya avisó Tocqueville, por cierto. Con frecuencia no se sabe bien cuál es el blanco contra el que dirigen sus invectivas o a qué se refieren bajo el rótulo de liberalismo. A veces discuten sobre los problemas de las sociedades contemporáneas, otras del funcionamiento de las instituciones del Estado liberal; en ocasiones se critica el supuesto ethos o la cultura de la sociedad moderna, cuando se contempla el liberalismo como una concepción integral del mundo y del hombre, identificada vagamente con la modernidad europea o la Ilustración. Tampoco es raro que se reprochen al liberalismo cosas que han dicho algunos liberales, pero de las que otros discrepan; menos aún que se ataquen tesis supuestamente liberales para las que existe poca o ninguna evidencia textual en la tradición liberal. 

Esto último no debería sorprender. Ortega ya se quejaba en su tiempo de que los detractores del liberalismo empiezan por desconocerlo. De la misma opinión es Cass Sunstein en una pieza que publicó originalmente en The New York Times, titulada “Why I am a liberal” (20 de noviembre de 2023) y que ha convertido recientemente en el libro On Liberalism (del que hizo una excelente reseña en esta revista Manuel Arias Maldonado). Sunstein piensa que el liberalismo necesita una buena defensa teórica en nuestros días, pero que esa defensa pasa en gran medida por clarificar qué cosas sostiene un liberal (y cuáles no). Dada la amplia circulación de clichés al respecto, viene a decirnos, no es posible ahorrarse la labor pedagógica de explicar en qué consiste el liberalismo:

Muchos de los que marchan [en contra del liberalismo] describen mal el liberalismo; ofrecen una caricatura. Retratan el liberalismo de una forma que ningún liberal podría aceptar o apoyar. Quizá más que........

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