menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Casa Rorty LXI. Foucault en Teherán: un flashback

51 0
05.03.2026

Nombre de usuario o dirección de correo

Cuando supe que el ayatolá Alí Jamenei había sido eliminado, me acordé del iraní. Yo vivía por aquel entonces, en los primeros años 80, en un rincón de la Costa del Sol. Teníamos vecinos singulares: una familia de Berlín Este, una señora belga a la que un día atacaron sus propios gatos, un alemán que había combatido en el frente ruso y que fue atropellado un día –le daba a la botella– en aquella carretera nacional en la que ni siquiera había medianas. En una de aquellas pequeñas casas vino a vivir un día un hombre alto de barba cerrada que resultó ser iraní. Luego comprendí que era un exiliado; quién sabe qué peripecia había seguido hasta terminar en un rincón de la costa malagueña. Me parece que no estuvo allí mucho tiempo y no sé nada de él, salvo el nombre que le habíamos dado: el iraní. Pero sí recuerdo que un día estaba borracho y aporreó la puerta de nuestra casa mientras gritaba en lengua persa; mi padre propuso que no le hiciéramos caso y él no tardó en marcharse. Debía sentir nostalgia de su país; se preguntaría qué pintaba bajo el sol mediterráneo. Supongo que ya habrá muerto, el iraní. Pero cuando mataron al ayatolá, fue él quien me vino a la cabeza.

Oriente Medio en el recuerdo 

Huelga decir que no hay nada especial en esta historia: el mundo está lleno de exiliados y refugiados. Sin embargo, su figura borrosa me ha permitido dar una tonalidad especial a las noticias procedentes de Irán, país al que mi generación recuerda desde temprano como protagonista de aquellos extraños telediarios en los que se informaba de la guerra que mantenía contra el Irak de Saddam Hussein: veíamos a soldados barbudos lanzar bombas en el desierto y no entendíamos nada de aquel mundo en el que empezábamos a abrirnos paso. Años después, Saddam nos tuvo en vilo cuando invadió Kuwait; y mucho después lo vimos caer en el transcurso de aquella Guerra del Golfo cuya mendaz justificación pública –tras esa breve década en la que parecieron dibujarse los contornos de algo parecido a un orden internacional liberal– tanto daño hizo a la credibilidad de Estados Unidos como gendarme global. También es posible que aquel iraní fuese un torturador de la policía secreta del Sha, forzado a abandonar su país para salvar la vida; alguien que acaso cumpliese en los años de la vieja dictadura –sobre durante el reinado del padre de Mohammad Reza Pahlavi– la misma función que hoy cumplen los miembros de la policía de Jamenei. Igual era como ese pata de palo al que sus interrogados no se deciden a asesinar en Un simple accidente, la película del represaliado director iraní Jafar Panahi que ganó la última Palma de Oro en el Festival de Cannes. Quién sabe.

Mientras las bombas sobrevuelan Oriente Medio, en fin, la conversación pública occidental gira en torno a los mismos argumentos que salieron a relucir cuando las fuerzas especiales estadounidenses entraron en Caracas para llevarse a Nicolás Maduro. Nos preguntamos por qué hace Trump lo que hace, dando así por buena la premisa de que él mismo sabe lo que se hace; discutimos la relación entre legalidad y legitimidad en un orden internacional donde la fuerza juega un papel otra vez preponderante; tomamos en consideración las distintas variables en juego, como si jugásemos al Risk en el salón de casa: cuidado con Taiwán, atención al mercado de futuros, los de MAGA se han enfadado. Y si unos sostienen que el derecho internacional no puede vulnerarse bajo ningún concepto, otros les responden que la legalidad internacional –o la soberanía– no pueden servir de blindaje para regímenes políticos de carácter totalitario que no respetan los derechos humanos. Por lo demás, la impotencia del comentarista es patente: nada de lo que digamos parece influir demasiado en los acontecimientos y quienes reclaman que abandonemos cualquier propósito de rearme olvidan que incluso quienes solo quieren hacer amigos pueden encontrarse con más de un enemigo.

Y no deja de tener su gracia, dicho sea de paso, que se haya puesto una vez más de moda –sobre todo en esa España gobernada por los intereses electorales de su presidente– la idea de que existe un “lado correcto de la historia” consistente en la denuncia de la violencia. Aunque no se trata de tomarnos aquí en serio un eslogan propagandístico que se emplea en la lucha partidista y sirve a menudo para la adulación del poderoso, bien podemos señalar que la concepción moderna de la historia apunta más bien en la dirección contraria: en este blog se ha citado alguna vez al Hegel que no solo dijo que la guerra es la partera de la historia , sino también que los tiempos felices son páginas en blanco en el libro de la historia. Y por eso nuestro Sánchez Ferlosio bendecía a quienes se mantenían fuera de la historia, en un presente sin futuro, libres de toda teleología; ponía como ejemplo al aborigen que duerme feliz una siesta bajo el cocotero caribeño y al que de la noche a la mañana le cae encima el Descubrimiento de América, que lo incorpora al flujo histórico y le amarga la vida, si es que no se la quita. Así que tiene razón Friedrich Merz cuando señala que Europa se ha tomado unas largas vacaciones de la historia y que esas vacaciones se han terminado; aunque la España de Pedro Sánchez insista en prolongarlas. Bien está, siempre y cuando nos expresemos con propiedad: pese a lo bien que sienta colocarse “en el lado correcto de la historia”, digamos mejor que queremos seguir “al margen de la historia”, arrostrando los inconvenientes y disfrutando las aparentes ventajas que de ello se derivan.

Foucault viaja a Irán 

Claro que el rechazo frontal que genera el descabezamiento del régimen iraní en buena parte de la izquierda global –una parte significativa de la extrema izquierda........

© Letras Libres