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A cuarenta años de “Por una democracia sin adjetivos”

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23.01.2026

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Cuatro décadas han transcurrido desde la publicación de “Por una democracia sin adjetivos” (Vuelta, enero de 1984), el, en muchos sentidos, señero y preclaro ensayo de Enrique Krauze con el que diagnosticaba el difícil momento político y económico del país en los primeros años del gobierno de Miguel de la Madrid y trazaba un rumbo para enfrentar el “agravio insatisfecho” que inundaba a nuestra sociedad. Se trató de un texto en el que, como un par de años después lo haría Arnaldo Córdova en “Nocturno de la democracia mexicana” (Nexos, febrero de 1986), se reivindicaba a la democratización del país como la ruta entonces obligada para modernizar a México y encauzar por el camino democrático el creciente pluralismo político y la cada vez mayor conflictividad y efervescencia social que caracterizaron la difícil década de los ochenta.

Luego de las promesas incumplidas de riqueza y abundancia que, como vendedor de ilusiones, le hizo el gobierno encabezado por José López Portillo a la sociedad mexicana, vino el desencanto… y el desastre. Sumido en una crisis que marcaría el fin de la etapa del desarrollo estabilizador y el arranque de la política económica neoliberal, el país se debatía entonces en cómo salir del atolladero en el que se encontraba metido sin abrir la puerta a una ruptura que fracturara al país, pero que tampoco nos mantuviera en el inmovilismo autoritario que había sido incapaz, hasta entonces, de renovar el pacto social de manera incluyente y respetuosa de las diferencias. Para Krauze la solución estaba clara: había que transitar por la ruta democrática –así, sin ambages ni adjetivos– que nos permitiera procesar y mitigar ese “agravio insatisfecho” que se había generado.

Para justificar la necesidad de ese cambio, Krauze recurrió a la “teoría del péndulo” que su maestro Daniel Cosío Villegas había retomado de James Bryce para tratar de explicar la evolución política del México independiente. Según esa idea, la vida del país había transcurrido a través de cambios que, bajo una lógica de causa-efecto, habían surgido como reacciones al respectivo estado de cosas que se habían producido en determinados momentos de nuestra historia, con una lógica pendular que alternaba, por contraposición, fuerzas o tendencias de un lado al otro.

Esos cambios, sostiene Krauze, en gran medida habían tenido el propósito de atender y dar solución a los agravios que paulatinamente habían tenido lugar en diversos momentos de nuestra historia. Así, bajo bajo esa óptica, la Independencia respondía a los agravios de los españoles durante la Colonia, pero aquella provocó a su vez un agravio a las estructuras coloniales que perduraron en el México independiente ya sin la presencia de España. Por su parte, la Reforma y las presidencias de Juárez y Lerdo de Tejada fueron un periodo de libertad política que resultó del triunfo frente al agravio que las luchas intestinas y los gobiernos conservadores habían implicado en la primera mitad del siglo XIX, pero también fueron el prolegómeno que provocó a su vez la reacción porfirista centrada en una importante apuesta de progreso económico y de autoritarismo político, bajo la premisa de que “la democracia era un fruto del progreso material”

{{ Enrique Krauze, “Por una democracia sin adjetivos”, en Por una democracia sin adjetivos (1982-1996), Ciudad de México, Debate, 2016, pp. 50-51.}}

 y no al revés. Más tarde, la revolución maderista implicó el cambio de sentido del péndulo que reclamaba el agravio democrático incubado durante los años de opresión del porfiriato y, por su parte, la Revolución fue a su vez la........

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