El colapso de Acapulco
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Paso Limonero
El jueves 26 de octubre, poco más de veinticuatro horas después del golpe del huracán Otis, una tormenta rabiosa que había crecido a velocidad inusitada gracias a la temperatura de las aguas del Pacífico mexicano, la entrada a Acapulco por Paso Limonero estaba detenida por completo. Cientos de automóviles trataban de avanzar hacia la ciudad. No había manera. Todo era fango, cables, escombros y caos. Las llantas de un auto derrapaban en el lodo. Sobre la acera, escombros difíciles de creer: un poste de luz, doblado como un palillo, una señal de tránsito, las letras del nombre de una tienda. Miles de ramas y hojas. Los cristales de un edificio en el piso, rotos en un mosaico que cubría la acera, los pasos de la gente crujiendo sobre la alfombra de vidrio. Un policía trataba de ordenar el tráfico en la intersección de El Quemado y la carretera, a unos metros de la Central de Abastos. Pero nadie, realmente, atendía sus instrucciones. Acapulco entero quería llegar a algún sitio. A ciegas, sin electricidad, ni telefonía, ni tranquilidad.
La ciudad entera, en conmoción.
En los márgenes de las calles, gente bajaba y subía por las colinas que rodean el puerto. Cargaban toda clase de víveres. Una mujer trataba de balancear un gran bulto de papel de baño sobre la cabeza. Dos muchachas cargaban bolsas de mandado, de tejido multicolor, llenas de latas de frijol y paquetes de harina. Un hombre intentaba arrastrar por un camino de terracería dos envoltorios con treinta litros en botellas de agua. Al final, cuando el plástico no pudo más, tuvo que abandonar uno de los paquetes: de inmediato, un grupo de muchachos recogió las botellas, llevándose lo que había, como palomas en alpiste. Algunos habían llevado carretillas. Otros más, un carrito de supermercado. Los más ambiciosos usaban los últimos litros de gasolina para cargar de víveres una camioneta. No llevaban televisores, ni hornos, ni zapatos de lujo. Lo que buscaban era agua, huevo, papel, aceite y harina. Lo indispensable para sobrevivir lo que ya se veía venir: días de angustia y desamparo.
Nancy, una vecina de la colonia Jacarandas, llevaba una bolsa verde llena de artículos que había extraído de una abarrotería. ¿Por qué el saqueo? No hay otra opción, me dijo. Nadie les había explicado qué iba a ocurrir, ni mucho menos cuándo llegaría la ayuda. Las lecciones de desamparos anteriores, como el huracán Paulina del 97, que había inundado las colonias populares de Acapulco, habían permanecido, y la gente había aprendido: más valía hacerse ahora de lo necesario. “[harina] Maseca, porque no hay gas. Jabón. Velas, porque no hay luz”, me dijo Nancy.
De pronto, un grito desde un automóvil. Una mujer quería denunciar un robo. Berta había llegado a Acapulco desde la comunidad de San Marcos, a sesenta kilómetros al sureste, para intentar comprar algo que quedara de comida en el puerto. Había salido de San Marcos muy temprano, con tres mil pesos en la bolsa. El futuro la angustiaba hasta las lágrimas: “Muchos perdimos viviendas. Estamos bajo los árboles, y ahí no entra ninguna dependencia de gobierno”, me dijo. “Estamos olvidados.” A pesar de las enormes dificultades, había logrado abrirse paso hasta las calles cercanas a la Central de Abastos. Ahí, alguien le había arrancado la bolsa. Horas después, trataba de volver, con las manos vacías, a su pueblo. Los saqueos, me dijo, no la sorprendían. Tampoco que le hubieran arrebatado el dinero que llevaba. “Se están metiendo a saquear por la necesidad, porque no hay alimentos”, me dijo. “Estamos desesperados.”
Del otro lado del camino deambulaba un grupo de hombres. A diferencia del resto, llevaban las bolsas vacías. Quizás abrumados por el gentío y el tráfico, miraban de un lado a otro, sin encontrar brújula. Eran de una comunidad llamada Lomas del Aire, kilómetros adentro, me dijeron, a la que se accedía por caminos de tierra cubiertos de escombros. Un pequeño sitio, hasta donde la ayuda difícilmente llegaría en los días siguientes. “No hay electricidad, no hay carretera, no hay nada de nada”, me dijo Dionisio. “Somos pobres y luego no tenemos qué comer.” Habían bajado, me dijo otra persona del grupo, porque nadie había ido a atenderlos. “Otras veces suben con helicópteros a dejarnos comida, agua… y ahorita nada. Nos tienen olvidados.”
El daño de Otis era evidente, y absoluto. Las casas junto a la carretera habían perdido los techos. “Las láminas, parece que las hicieron rollito”, me dijo una mujer. La tormenta lo había inundado todo. La cocina ya no era la cocina y la recámara se había convertido en un lago. La primera decisión era por dónde comenzar a limpiar.
“No vamos a terminar nunca”, me dijo una mujer, que miraba a su hija con un pequeño recién nacido.
Los Coyotes
Al día siguiente paramos en la carretera.
Un grupo se arremolinaba a orillas del camino rumbo a Acapulco, implorando atención.
Enrique agitaba desesperado una pancarta. “¡Ayúdenos! ¡Cualquier ayuda humanitaria! ¡Para los niños!”, gritaba a todo pulmón, rogando que los autos, que pasaban como saetas hacia la tragedia en la costa de Guerrero, se detuvieran un instante a compartir víveres, o siquiera a escuchar. Habían sido ya tres días desde el horror de aquella madrugada en la que el huracán Otis se había llevado todo, y Enrique intuía que San Francisco Los Coyotes, la comunidad rural de cincuenta familias donde había pasado prácticamente toda su vida salvo algunos meses en Estados Unidos, comenzaba a tener las horas contadas. Por la mañana, arengó a buena parte de las........
