Carta desde Madrid: El sol de este marzo
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Todos los años, cuando llega marzo, pienso en el poema El sol en este marzo de Wallace Stevens, que comienza diciendo: “El brillo excesivo de este sol temprano/me hace considerar lo oscuro que me he vuelto”. Hay algo que me gusta incluso más que la poesía de Wallace Stevens, y es pensar en la doble vida que llevó Wallace Stevens, una vida dedicada a ser, por un lado, abogado en una compañía de seguros y, por otro lado, poeta vanguardista, ganador del Pulitzer en 1955. Me lo imagino la mañana de después de recibir el premio llegando muy temprano a su despacho en Hartford, Connecticut, para hablar con alguna persona cualquiera que necesitaba su ayuda por algún asunto relacionado con una indemnización o algo así, y la imagen me enternece y me hace gracia al mismo tiempo.
Y respecto a los versos del principio, sí que hay algo en estos primeros días soleados que estamos teniendo en Madrid que, más que alegrar, producen el efecto contrario. Mi hermana, que vive en Helsinki y antes había vivido ocho años en Londres, es algo que siempre me comentaba cuando venía a pasar alguna temporada aquí; me hablaba del hecho de que Madrid es una ciudad idónea para estar contento, pero no tanto para estar triste. Decía que, cuando tenía un mal día, si se paseaba por el centro bajo un cielo azul y veía a todas las personas riéndose en las terrazas y disfrutando de sus vermuts, el sentimiento se volvía muchísimo peor. Mientras que en sus ciudades del norte, como siempre están grises y la gente no sonríe mucho, pasear en momentos bajos siempre le reconfortaba.
Me gustaba su teoría, en cierto modo irónica, pero últimamente pienso que Madrid se está volviendo una ciudad un poco difícil precisamente para estar contento. Por ejemplo, ayer fui al Chessbian, una fiesta que ha creado un colectivo de lesbianas y que consiste en que se juntan un grupo de lesbianas en un bar y juegan al ajedrez. De ahí el nombre, chess + lesbian. La iniciativa me parece fantástica, sobre todo porque me encanta el ajedrez y me encantan las lesbianas. Pero llegué y resultó que había un total de ciento cincuenta lesbianas en el lugar, y que todas las mesas de ajedrez estaban ocupadas, y había que hacer cola, y la cerveza costaba cinco euros, y me tomé tres y para cuando me tocó jugar ya estaba borracha, así que perdí.
El sábado fui a una fiesta diurna en casa de unas amigas, que hicieron comida y un mercadillo de ropa para poder pagar la carísima operación de su gato, que estaba moribundo por alguna razón que no llegué a entender muy bien. Como todas mis amigas viven cada vez más lejos, tuve que hacer dos transbordos de metro, y luego, cuando me volví porque había quedado para ir al cine, hubo una avería y me perdí la primera media hora de la película.
Otra cosa que ocurrió la semana pasada es que pasé por el bar María Pandora, y recordé que hace años, cuando solía frecuentarlo más, siempre decíamos: “Por favor, por favor, que no lo descubran los turistas”. Pero los turistas son infatigables y rastreadores profesionales, siempre lo descubren todo, así que cuál no fue mi sorpresa cuando entré y había unos ingleses celebrando un cumpleaños y varios europeos teniendo citas en las mesas contiguas.
Pero bueno, en cualquier caso, yo sigo amando esta ciudad y no tengo ninguna intención de irme de aquí, y si la critico es porque creo que es la única manera de tener una buena relación con ella. El otro día, viendo Madrid, Ext., mi queridísima Almudena Amor, madrileña total, se puso a llorar y dijo: “No me puedo creer que me estén haciendo llorar unos rótulos”. Y eso es lo que logra Cavestany, captar la belleza de un Madrid que, aunque un poco en peligro de extinción, todavía vive, aunque sea en barrios a los que hay que llegar haciendo dos transbordos o en locales del centro que se mantienen pese a todo, y en otros nuevos que nos recuerdan que algunos cambios sí están bien.
Ahora voy a comprar un libro que encargué en mi librería de confianza, Sin Tarima, y charlaré un rato con Santiago, después me haré una boloñesa friendo el apio, la zanahoria y la cebolla a fuego lento y leeré un libro que presento de aquí a unas semanas, La grieta, de Rodrigo Gervasi, que me está gustando mucho y que trata, precisamente, de la precariedad y la soledad en Madrid. Seguimos.
