Beisbol y poesía
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Hace unos días, mi amigo Luigi Amara (mejor conocido como “El Antiprecoz”) me llamó la atención sobre un texto aparecido en el número de septiembre de la famosa revista Poetry. La peculiaridad del texto es que estaba firmado por un beisbolista. Sí: un pelotero. Se trata de Fernando Pérez, jardinero central de los Mantarrayas de Tampa Bay. Los cinco párrafos de Fernando Pérez (escritos en inglés) causaron una saludable conmoción entre los lectores de Poetry. La verdad es que no es sorprendente: el beisbol y la poesía acusan más vínculos de los que caben en nuestra imaginación. No hay nada más bucólico que un parque de beisbol y todo jardinero es un poeta potencial (un pastor de meteoros). No sigamos… La gente fina y sensible sabe que octubre es el mes del beis: para ellos, ofrezco la traducción del texto.
Robert Creeley en los jardinespor Fernando PérezEscribo desde Caracas, capital mundial del asesinato, donde me emplearon los Leones para anotar carreras y evitar que las pelotas caigan en los jardines. En los tobillos del Monte Ávila, en medio de un lunar de edificios sombríos, el campo del Estadio Universitario –repleto más allá de su capacidad– está listo para un poema con cuerpo. Un simple cambio de lanzador es ocasión para la rumba, y los antidisturbios de labios apretados siempre están al acecho con las macanas balanceándose en sus caderas. El ritmo del juego no lo dictan necesariamente las entradas o el marcador, sino los bombos del grupo de samba que van siguiendo a las diosas radiantes, escasamente vestidas pero adornadas con grandes tocados, que se pavonean por el mezanine. Los jóvenes encargados de los fuegos artificiales apenas toman distancia de los cohetes que no siempre despegan verticales, cayendo a veces, aún en llamas, en medio de los jardines. La “ola” incluye que se avienten las bebidas hacia el cielo.Para llegar........
