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Constelaciones de libros

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16.01.2026

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La amistad entre un lector y un libro puede surgir por un accidente afortunado y extenderse a otros libros mencionados por el autor. O por el testimonio de un amigo, un maestro, los padres, que contagian su entusiasmo o apoyan el interés del lector: Si te gustó ese libro, este otro puede interesarte. O por el ambiente estimulante de una biblioteca o librería que invitan a explorar.
     Un lector que lee atentamente, reflexiona, habla animadamente con otros lectores, recuerda, relee, puede volverse amigo de un millar de libros a lo largo de su vida. Un lector prodigio o un lector profesional, que maneja y consulta libros con propósitos concretos, puede leer varias veces más, pero no mucho más. Sin embargo, hay millones de libros en venta, decenas de millones en las bibliotecas y otros millones de manuscritos inéditos. Hay más libros en los cuales detenerse que estrellas en una noche en alta mar. En esa inmensidad, ¿cómo puede un lector encontrar su constelación personal, esos libros que mueven su vida a conversar con el universo? Y ¿cómo puede un libro, entre millones, encontrar sus lectores?
     La adivinación, la suerte, tienen un papel decisivo. Uno se resiste a creer qué improbable es encontrar un libro en una librería o biblioteca: el que busca porque sabe que existe, el que busca sin saber si existe, el que ni siquiera sabe que busca, hasta que lo ve. Toda distribución es incompleta, y por lo mismo azarosa. Por el ancho mundo, hay más de un millón de lugares donde se venden o se prestan libros. Tener un ejemplar en cada uno rebasaría la producción vendible de cualquier título. Y tampoco hay un punto del universo donde puedan estar todos los libros. Escribir, publicar, distribuir, es arrojar mensajes en botellas al infinito mar: su destino es incierto. Encontrarlos es igualmente incierto. Y, sin embargo, una y otra vez, se produce el milagro: un libro encuentra su lector, un lector encuentra su libro.
     En 1936, Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell se convirtió en la primera novela que vendió un millón de ejemplares en un año. Alexandra Ripley escribió una continuación (Scarlett) que vendió 2.2 millones de ejemplares en los últimos cien días de 1991, convirtiéndose así en “la novela que más rápidamente se ha vendido en la historia, y también (en unos cuantos años) en la más rápidamente olvidada” (Michael Korda, Making the list. A cultural history of the American bestseller 1900-1999). Este máximo histórico significa 22,000 ejemplares diarios, 154,000 por semana. Pero, según John Tebbel (Between covers: The rise and transformation of American publishing), por entonces había “más de 100,000 puntos de venta, desde librerías hasta supermercados y puestos de periódicos”. Lo cual quiere decir (restando clubes de libros, ventas por correo, exportación) que, en esos cien días extraordinarios, las ventas alcanzaron aproximadamente un ejemplar por semana, en cada punto, en promedio. Y estamos hablando de un máximo histórico.
     Un libro normal, ni vende tanto, ni puede estar en todas partes. Está, digamos, en cientos de........

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