La España que nunca existió
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Dicen que la primera película de un director contiene todas las películas que va a hacer en su carrera. Pasa igual en la música: todos los discos de los Beatles están contenidos en los menos de dos minutos de There’s a place. De ese modo, como resumen premonición de su carrera reaparece Tenemos 18 años, la muy desconocida, rarísima ópera prima de Jesús Franco, el director más inclasificable, raro y genial de la historia del cine español y de todo el cine europeo.
Franco, el tío Jess, cineasta de mil pseudónimos, fue un personaje único, imposible de etiquetar. Forjado como trompetista y pianista en jam sessions, corridas de toros, orquestas, orquestillas y cabarés –“yo soy un músico de jazz más bien malo y con gracejo que hace películas”, solía decir de sí mismo–, se educó en las lecturas de quiosco, en el Café Gijón (epicentro de la raquítica bohemia madrileña) y en las sesiones dobles de los cines de la Gran Vía para huir de la caspa española dirección París, donde completó su formación (sentimental, estética) en los bistrós y la cinemateca. Allí pudo ver las películas que en España nadie estaba viendo. Buen lector y con ese espectacular bagaje como espectador, a la vuelta a España aprendió el oficio del cine a la antigua: currando de ayudante y consejero de Fernán Gómez, Berlanga, Bardem, Nicholas Ray, Robert Siodmak o el mismísimo Orson Welles, del que fue mano derecha en la apabullante Campanadas a medianoche. Solo firmó dos películas con su nombre real. En Francia se dio cuenta de que lo de Jesús, el hijo de Dios, y Franco, nuestro caudillo, era un chiste y lo apañó quitando la u de Jesús.
Producida por el propio Franco –además de dirigirla, hizo la música y el guion, y en esta no interpretó, pero era un estupendo actor– y Berlanga a través de una productora de vida efímera, Auster Films, Tenemos 18 años es juguetona ya desde su tierno título. Libre de tópicos y lugares comunes sobre la juventud de la época, el debut en la dirección de Franco, fechado en 1959, es una singular y original comedia fantástica que se toma a cachondeo los mitos de la España de aquella época. Una película que irrumpe en el corazón blanquinegro del franquismo (el franquismo malo, si se me permite el chiste) gracias a la omnipresencia del jazz y al bellísimo tratamiento del color, obra del director de fotografía Eloy Mella.
La premisa es sencilla: dos primas, estudiantes de filosofía, emprenden un viaje a Andalucía en el viejo Ford T amarillo –que tiene algo de coche de tebeo– que les vende otro primo, un sacacuartos interpretado por un Antonio Ozores desatado en sus (en muchos casos improvisados) arrebatos dadaístas. Franco le........
