La democracia no se salva dando clases de ética
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Vivimos tiempos en los que hablar de educación democrática se ha convertido en una respuesta refleja ante cualquier síntoma de crisis política. Auge del populismo, polarización creciente, desconfianza en las instituciones: el diagnóstico siempre apunta en la misma dirección. Los ciudadanos han perdido sus valores. La solución, por tanto, es enseñarles mejores valores. Más empatía, más tolerancia, más virtud cívica.
El razonamiento es comprensible. Pero creo que es profundamente equivocado. Y actuar sobre él no solo no resolverá el problema, sino que puede agravarlo.
Permítanme proponer un diagnóstico diferente. La crisis de las democracias liberales no es, en su raíz, una crisis moral de los ciudadanos. Es una crisis de funcionamiento institucional: un fallo sistémico que incentiva comportamientos perversos, empezando por la corrupción.
La distinción importa enormemente. Si el problema es moral –personas malas tomando malas decisiones–, entonces la educación moral es la respuesta correcta. Pero si el problema es institucional –personas razonablemente normales atrapadas en sistemas que premian el comportamiento equivocado–, entonces la educación moral por sí sola fallará el blanco. Se puede enseñar integridad en el aula durante años; si el sistema político recompensa a quienes la abandonan, la lección no arraigará.
Para entender esto necesitamos recuperar un concepto más rico de corrupción, uno que se remonta a Aristóteles y es bastante más útil que la definición legal moderna. Para Aristóteles, la corrupción no era el soborno. Era la degeneración del sistema político mismo: el momento en que las instituciones públicas dejan de servir al bien común y comienzan a servir a intereses privados. No un crimen, sino una enfermedad. Y como toda enfermedad, se propaga no porque los individuos sean excepcionalmente malvados, sino porque las condiciones la vuelven contagiosa.
Las encuestas europeas revelan algo iluminador: cerca del 68% de los ciudadanos de la UE........
