De monstruos a monstruos
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La primera secuencia de La forma del agua describe a sus personajes en términos de cuento de hadas. Mientras se muestran imágenes de un mundo sumergido, una voz en off invita a conocer la historia de la habitante de esa dimensión: “la princesa sin voz”. El prólogo concluye con la mención de su antagonista: “el monstruo que alguna vez quiso destruirlo todo”. Esta segunda caracterización es engañosa y astuta. Es la clave de la película –y de la filmografía de Guillermo del Toro.
Aun quien conozca poco de la obra de este director la asocia con seres fantásticos: vampiros, faunos, demonios y anfibios rechazados por la mayoría, pero cuya apariencia anormal no es sinónimo de maldad. Quien los llama monstruos proyecta en ellos su miedo a la otredad. Algo muy distinto es la noción de lo monstruoso, que en las películas de Del Toro se entiende como la crueldad con la que algunos humanos reaccionan ante lo que desconocen. (Es la ironía al centro de Freaks [1932], de Tod Browning, una de las películas favoritas de Del Toro.) El monstruo al que se refiere el prólogo de La forma del agua no tiene cuernos, colmillos ni escamas. Tampoco es la criatura con visos azules y verdes que se ve en la publicidad de la cinta. El monstruo de esta película viste de traje y corbata, y se define a sí mismo como un hombre “decente”. Es el burócrata Strickland (Michael Shannon), un engendro peligroso. Ya en películas previas Del Toro había asignado el atributo de lo monstruoso a humanos específicos –el portero Jacinto en El espinazo del diablo; el capitán Vidal en El laberinto del fauno–. Su grado de maldad, sin embargo, los separaba del hombre común. Strickland, en cambio, es uno de los nuestros. Todos conocemos a alguien como él.
La acción de La forma del agua transcurre en 1962, en Baltimore. Su protagonista es Elisa (Sally........
