Las edades de Miles Davis
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No era cuento: tocaba de espaldas al público, arqueado, ni luz de sonrisas o intercambio de palabras con la audiencia. Ingenuo esperar de su parte thank yous entre pieza y pieza o god bless yous al final de la presentación. Yo tenía 25 años, era el 9 de junio de 1989; mis gustos y prioridades en la vida estaban claras. Era intern en The Houston Chronicle, pero ese sábado, libre, musical, hacía realidad el sueño de escuchar en directo a una leyenda viva: Miles Davis. Era el plato fuerte del JVC Jazz Festival en The Summit, en la ciudad texana; no era el mejor foro para escuchar jazz (una arena multiusos, un palacio de los rebotes de primer mundo), pero era eso o nada. No me sorprendieron tanto sus bombachos pantalones de lunares, su frente amplia ni su melena ensortijada, sino confirmar su consabida y polémica actitud sobre el escenario. Davis era –sigo formando parte del coro que lo esgrime–, una de las siete grandes figuras de la música sincopada del siglo XX; sumo a Duke Ellington, Louis Armstrong, Charlie Parker, Ella Fitzgerald, John Coltrane y Ornette Coleman. Y había tenido la fortuna de escucharlo en su elemento.
Apenas unos años antes había iniciado mi ávida y curiosa incursión en el inagotable cosmos Miles Davis. El gusto por el progresivo y el jazz de fusión de Chava, mi hermano mayor, me habían colocado, de refilón, en la ruta de combos como Mahavishnu Orchestra, Return to Forever y Weather Report, en los que había notables y aventajados excompañeros y alumnos del trompetista, como el guitarrista John McLaughlin, los tecladistas Chick Corea y Joe Zawinul y el saxofonista Wayne Shorter. A pesar de la tirria de puristas y tradicionalistas, Bitches brew (Columbia, 1970) me había intrigado y seguía retándome a escudriñar su tupida selva tropical de ritmos, reverberaciones, pulsos y atmósferas.
La perspectiva que da el centenario del músico –que se cumple este martes 26 de mayo de 2026– permite admirar una figura, una obra y un legado que no dejan de irradiar. Miles Davis fue notable y muy vocal en el estira y afloja del conflictivo melting pot estadounidense (en legendario acontecimiento, un policía lo golpeó afuera del club Birdland, su nombre en la marquesina, y lo llevó a decir “la fama no te libra del racismo”), pero sobre todo fue un artista inquieto, un innovador radical y constante, con variados periodos (el bebop, el cool jazz, el hard bop, el jazz modal y el jazz fusión) cuya influencia se extiende hasta nuestros días. Siempre he coincidido con........
