Carta desde Lima. La fiebre y el dedo
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Te das cuenta cuando te mira sin responder. Horas antes había marcado con su vómito la calle y, poco después, el piso de su habitación, al lado de su cama. Lo observo: los ojos grandes enmarcados por una sombra que me acobarda. La respiración rápida que anima el cuerpo frágil y vencido. Le pregunto si se siente mejor y Joaquín me mira absorto, como si me hubiera convertido en su programa favorito de televisión. Te das cuenta entonces que debes tomarlo en brazos y bajar las escaleras, repitiendo un simulacro de incendio. Mi esposa nos esperará en casa. A esa hora, no hay quien se quede a cuidar a la bebé.
Las calles del domingo, felizmente, no ponen obstáculos al vuelo del auto. Ignoro al policía que me pide que estacione correctamente el vehículo. Recojo a mi hijo del asiento trasero y cargo con él. Corro a grandes trancos, sorprendo, asalto, gano la estación de emergencias. Mi hijo se queja de un agudo dolor abdominal. Suponía que, como ocurre en las teleseries médicas, delante de nosotros se abriría todo un eficiente despliegue de camillas, paramédicos, enfermeras y cirujanos. Qué ingenuo puede ser un padre joven. Cuando en recepción me avisan que otros niños han llegado primero y que debo esperar mi turno, descubro que la palabra emergencia solo son letras rojas pintadas sobre una lámpara halógena.
Niños lloran delante de........
