Carta desde Lima: Ir y venir en el Metropolitano
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Por la mañana, un hombre intenta vender un cachorro de pitbull. Otro le promete a su abogado pasar por su consultorio y resolver ese asunto urgente hoy mismo. La mujer de los bultos grita que es momento de comprar mercadería, que no encontrará esa oferta en ningún otro lugar. La estudiante queda con su amiga en pasar la noche en el cierrapuertas de esa fascinante tienda de departamentos. Todas las conversaciones al teléfono, a viva voz, convierten el bus del Metropolitano en una especie de Wall Street rodante. Consultas legales, tratos por cerrarse, oportunidades de compra y venta que estimulan ese ruido de voces que a nadie importa, concentrados como estamos en evitar la mirada del vecino.
Pero el bus se detiene. Pocos metros delante, una mujer ha caído de espaldas en el punto exacto donde este toma una cerrada curva antes de alcanzar la estación Plaza de Flores. Lleva un polo con el apellido de un candidato a alcalde que fracasó en su intento hace años. Tiene la gordura propia de quien se alimenta de cualquier cosa con pocos dientes. Dos hombres han corrido a socorrerla, pero por su peso, solo pueden moverla lo suficiente para que las ruedas del Metropolitano no la alcancen.
Las alarmas al interior del bus se activan: los pasajeros preguntan qué sucede,........
