Carta desde Lima: Fuegos artificiales y otros
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El viento protagoniza un misterioso espectáculo colándose en las ventanas, minutos antes de la medianoche del Año Nuevo. Una función que pasa desapercibida el resto del tiempo, pero no cuando estás atento a la última página del calendario. Mi hermana ha abierto la ventana de manera que nada entorpezca nuestra visión.
Desde el sexto piso del edificio donde vive, se aprecia el perfil de gran parte de una Lima que empieza a encender sus fuegos de artificio. El viento sopla e infla la cortina de algodón blanco, flameando dentro de la sala, formando una composición distinta de pliegues. Es un movimiento hermoso y elocuente, como si en su última noche el Año Viejo se colocara el más regio de sus vestidos. Y mientras baila su despedida, la pirotecnia corta la noche infligiéndole heridas rojas, azules y blancas. Allá abajo, los autos detenidos entre los edificios de monótona arquitectura participan disparando sus alarmas.
Luego de estrecharse en abrazos, la familia que celebra aprecia la noche enmarcada por esa ventana compartiendo una mirada feliz y asombrada, como de niños que luchan por comprender por qué esta noche es tan especial, por qué creemos en los ciclos, quién nos ha convencido de que debemos trozar la vida en doce meses para encontrarle sentido. De pronto, mi cuñado señala........
