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Superinteligencia personal

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06.05.2026

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La próxima vez que el dueño de Facebook despida a miles de empleados, tal vez no sea Mark Zuckerberg quien les dé la noticia, sino su versión artificial: un Zuckerberg sintético, entrenado para hablar como él, razonar como él y aparecer ante sus empleados, como si estuviera ahí personalmente, con un mensaje hecho a la medida de cada interlocutor. La imagen parece salida de una novela distópica de Aldous Huxley o de una sátira corporativa sobre Silicon Valley, pero ya pertenece a un presente probable: una de las empresas que moldeó la vida social digital trabaja ahora en automatizar una de las funciones más incómodas del poder empresarial: dar la cara –aunque sea a través de una pantalla– frente a quienes podrían perder su empleo como parte de la transición hacia la era de la inteligencia artificial.

Meta no está inventando solo un avatar corporativo, sino una nueva forma de omnipresencia. Una facultad reservada para los dioses que ahora empieza a ser una función básica de inteligencia artificial. Cualquier persona puede ya crear una versión digital de sí misma, escribir un texto y hacer que esa copia aparezca en pantalla hablando con su voz, su rostro y sus gestos. Pero lo de Zuckerberg apunta a una frontera más compleja: un personaje tridimensional, fotorrealista y conversacional, entrenado con sus gestos, su tono, sus declaraciones públicas y su pensamiento estratégico, capaz de interactuar con empleados o tomar decisiones en tiempo real. La promesa en esta primera etapa es que los trabajadores “sientan” más cerca al fundador. La interrogante es si esa cercanía seguirá significando presencia humana o si nos estaremos acostumbrando a una época en la que incluso el liderazgo puede delegarse.

Ese proyecto forma parte de una ambición más grande que Zuckerberg ha llamado “superinteligencia personal”, una inteligencia artificial íntima, constante y adaptada a cada individuo, capaz de acompañarnos, aconsejarnos, producir por nosotros y quizá, algún día, representarnos. La intensidad de esa apuesta se mide en la guerra por talento: Shengjia Zhao, uno de los creadores de ChatGPT, estuvo a punto de regresar a OpenAI pocos días después de llegar a Meta, hasta que la compañía le dio el título de nuevo jefe científico de inteligencia artificial, una señal de que la carrera ya no es solo por construir mejores modelos, sino por controlar la arquitectura emocional y cognitiva de la próxima vida digital.

Ahí empieza el dilema ético: si las redes sociales pueden poblarse de voces, rostros y gestos generados por máquinas, si cada empresario, político o actor puede fabricar una presencia artificial, ¿cómo sabremos........

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