La era de la policrisis
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Hay épocas de la historia que se deslizan con la paciencia de los siglos y otras que irrumpen con el filo de una navaja. La nuestra empieza a parecerse a lo segundo. Los años veinte del siglo XXI no parece una simple continuación del siglo pasado, sino el umbral de un nuevo orden mundial: un momento en el que tres estructuras que parecían inamovibles –la cohesión social dentro de las democracias, el orden internacional entre las naciones y la primacía intelectual del ser humano frente a la tecnología– comienzan a resquebrajarse al mismo tiempo. No se trata de crisis aisladas, sino de fisuras simultáneas en los cimientos que en el siglo pasado sostuvieron una cierta idea de estabilidad entre individuos, sociedades y naciones.
En el nivel más íntimo, esta época empieza por desestabilizar al individuo: por primera vez en mucho tiempo, la promesa de que la inteligencia, el esfuerzo y la preparación asegurarían un lugar reconocible en el mundo profesional comienza a desvanecerse ante la irrupción de una tecnología que no solo amplifica las capacidades humanas, sino que amenaza con volverlas reemplazables.
Lo más inquietante de la inteligencia artificial no es solo su velocidad, sino la escala y la profundidad de los cambios que puede provocar. A diferencia de otras disrupciones tecnológicas, esta no amenaza únicamente tareas específicas, sino la noción misma de utilidad humana sobre la que descansaban el trabajo, el mérito y buena parte de la dignidad individual en las sociedades modernas de Occidente. Si se despliega sin freno ni brújula, no solo puede desordenar mercados laborales enteros y ensanchar la desigualdad. También puede concentrar poder en poquísimas manos; multiplicar la capacidad política, económica y militar de algunos actores privados y trasladar decisiones cada vez más delicadas a sistemas que avanzan más rápido que la deliberación humana. Y como no conoce fronteras, su fuerza desestabilizadora no se queda contenida en un país o en una industria: se propaga en semanas, erosiona certezas en tiempo real y obliga al individuo a enfrentar una pregunta inédita y brutal: qué lugar le queda al ser humano en un mundo donde incluso la inteligencia ha dejado de ser su última frontera.
Sobre esa incertidumbre personal se levantan sociedades cada vez más polarizadas entre versiones extremas de izquierda y derecha, en las cuales se han erosionado los consensos básicos que antes permitían mantener unidas a poblaciones diversas dentro de países democráticos o cuasidemocráticos: instituciones dignas de confianza, valores compartidos, una identidad nacional capaz de........
