Infantino, Trump y los millones de la FIFA
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Será la última Copa del mejor de la historia del fútbol –un pibe de Rosario– y de uno de sus goleadores más determinados, o menino da Madeira. La última, también, de solistas magníficos –Neymar, Modrić, James Rodríguez– y coristas espectaculares –Neuer, Mo Salah, De Bruyne, el risueño Song–. Quizá la última de Gianni Infantino y de la FIFA como organizadora del fútbol y primera como organizadora de un espectáculo distinto. La última –y única– de Donald J. Trump en su último gobierno. (Aunque a Trump todavía le quedan dos años para seguir colgándole su nombre a algo –y amargarnos la existencia a todos.)
Gramsci tiene un argumento-gambeta, repetido hasta el cansancio, pero todavía efectivo: cuando un nuevo orden no asoma claramente tras el colapso del anterior –y así suele ser la historia–, el espacio es ocupado por la monstruosidad. Por eso esta Copa del Mundo debía jugarse con Gianni Infantino al frente de la FIFA y Trump vistiendo de dorado hasta los retretes de la Casa Blanca. El peor momento: un sistema que se desmorona, nada nuevo a la vista, dos monstruos al frente.
Copa del Mundo trinacional, para más. Primera de la historia. Y en qué momento. Trump hundió a Estados Unidos en el unilateralismo y la hegemonía predatoria, una presidencia imperial dentro y fuera que destrozó las relaciones con casi todos sus aliados, incluidos –y para el caso es muy importante– México y Canadá. Trump ha amenazado a Canadá con anexarla como estado #51 y a México con invadirlo para llevarse a los capos del narco por las orejas. Ha insultado y maltratado a ambas naciones y todo cuando necesita a ambos países para tirar, juntos, del negocio de la Copa.
Uno confiaba en que estas cosas estuvieran resueltas, pero no. Cuando cayó Havelange y su gavilla de sopranos, esperamos cierta decencia en la FIFA porque todos suponíamos qué había detrás. Pero eligieron a Sepp Blatter, el fbi probó que en el organismo había una red de corrupción que asombraría a Capone y Sepp igual se presentó a reelección. Más de veinticinco tipos fueron acusados de aceptar sobornos o participar en arreglos ilegales de derechos televisivos, pero Sepp no........
