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En el nombre de D10S, el Messias y un Cristiano

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03.07.2026

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Quizás hayamos vivido rezando en el altar equivocado. Lo digo porque llevamos dos décadas haciéndonos una pregunta vana –¿quién es mejor, Messi o CR7?– que tiene la respuesta resuelta hace tiempo –Lionel Andrés, y a llorar al hospital infantil– y las mismas décadas con otra pregunta innecesaria –¿es Cristiano el mejor de la Historia?–, que ya quedó implícita en la respuesta anterior y porque el sujeto de la inquisición, Don Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro, el gran CR7, no entra siquiera en la discusión por los tres o cuatro mejores de la existencia. (Vengan de a uno.)  

Creo, sí, que la pregunta correcta es otra.1 Lo que a mí me atrae es el socarrat de la olla, y eso es, ¿por qué la rivalidad Messi-Ronaldo nos parece, en los momentos de mayor intensidad, una disputa no solo deportiva, sino metafísica? ¿Por qué, cuando Cristiano Ronaldo da el saltito y clava los puños a los lados del cuerpo ante sesenta mil personas –“Siiiiuuuu”– y Lionel Andrés simplemente levanta los ojos después de un gol en la conversación privada que lleva años sosteniendo con su abuela, sentimos que hay algo más, que estamos viendo algo que trasciende el partido, el marcador, ese día?

La respuesta a esto –y no pido disculpas porque vaya a sonar tan pretenciosa como suena– está en Max Weber. En Max Weber y en el Concilio de Trento. En Max Weber, el Concilio de Trento y dos religiones que nacen de una. En Max Weber, el Concilio de Trento, el catolicismo messianico y el protestantismo cristiano como herencia de D10S. Y ya me explico, pero, por si acaso, vengan de a uno, almas tristes.

Bien mirado, hoy nos parece casi obvio, pero en 1905 Weber produjo un escándalo cuando en La ética protestante y el espíritu del capitalismo arguyó que la Reforma protestante cambió tanto la teología como la psicología del hombre occidental. Esto es, que el ascetismo religioso derivó en el cimiento desde donde crecería una ética racionalista que estaría en el corazón de la futura cultura del trabajo capitalista. En el corazón reformista, Lutero ya había trasladado la responsabilidad de la salvación al individuo: cada alma se para sola ante Dios, sin sacerdotes intermediarios ni necesidad de comunidad sacramental. La nueva arquitectura del yo luterana fue luego perfeccionada por Calvino –el éxito terrenal y la disciplina laboral son caminos ciertos de salvación personal– y retomada finalmente por Weber para presentar la nueva constitución del sujeto productivo moderno: si estás predestinado a la gracia, el trabajo duro, la disciplina, la excelencia demostrada son señales visibles de esa elección. El éxito no te salva, pero es la prueba de que ya estás a salvo, de que hay rectitud en tu existencia. En términos prácticos, esa noción es capaz de producir el tipo de persona que entrena seis u ocho horas diarias, lleva una dieta de monje, no fuma, no bebe, duerme diez horas, contrata crioterapia, y después agradece su éxito solo a sí mismo –al menos en la retórica del gesto, si no en las palabras.

Esa persona es Cristiano, cuya ética es protestante aunque su bautismo sea católico. Y eso es algo que Weber hubiera predicho: el calvinismo cultural ha colonizado incluso a quienes rezan el rosario. Cristiano encarna la noción calvinista de que la excelencia personal es la manifestación exterior de una elección. “A quien trabaja duro, dios lo recompensa”, dijo en una entrevista. El individuo en el centro. El mérito o el fracaso como responsabilidad personal y el individuo en el centro de la calidad moral de la vida. El cuerpo como templo que se construye y se exhibe, la disciplina y la conducta ordenada como sinonimia del estado de gracia. Puro Cristiani.

Y luego está Lionel Andrés Messi Cuccittini. Que es, en el sentido que aquí interesa, un fenómeno completamente distinto, no solo en estilo sino en ontología. Para entender a Messi en términos teológicos –soy consciente de que esto puede parecer ridículo, pero prometo que no lo es– hay que entender qué significa la gracia en la tradición católica posterior al Concilio de Trento, que, entre idas y vueltas, duró la friolera de 19 años, algo menos que la carrera de Lionel Andrés. A diferencia del protestantismo, donde la gracia es algo que Dios confiere de modo irresistible y completo, la teología católica tridentina insistió en que la........

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