Nada tan angustioso en la tierra
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Edgar Allan Poe comienza su cuento “El entierro prematuro” con una interesante reflexión literaria. Dice que hay asuntos “demasiado terribles para tratarlos en una obra de auténtica ficción”, y apenas se vuelven legítimos cuando “la severa y majestuosa verdad los santifica y sostiene”. Pone como ejemplos la batalla del Berézina, entre las tropas napoleónicas y rusas, el terremoto de Lisboa, la peste en Londres, la masacre del día de San Bartolomé, o el episodio del Hoyo negro de Calcuta, cuando 146 prisioneros ingleses fueron hacinados en un espacio tan pequeño que 123 de ellos murieron asfixiados y aplastados. Dice que “en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables”.
Este breve prólogo a su cuento se debe a que está a punto de tratar un tema espeluznante. “Ser enterrado vivo es, sin duda, la más terrorífica de estas desgracias que jamás haya caído en suerte a un mortal… No conocemos nada tan angustioso en la tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo infierno”.
Para mayor insistencia, agrega:
Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor.
Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor.
En mi infancia, todavía se decía con certeza que habían enterrado vivo a Joaquín Pardavé; mas tal certeza es falsa.
En el pasado, ocurrían tales cosas porque se quería inhumar al muerto lo más pronto posible, sobre todo en los días de verano, pues más allá de los malos olores, se temía que un cadáver fuese portador de enfermedades.
El erudito español Benito Jerónimo Feijoo trata este tema en una de sus cartas. Estamos en el siglo dieciocho. Dice que los casos no son frecuentes, pero tampoco........
