Retrato de Verlaine
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Mas de Verlaine no se recita nada, porque no está de moda.Luis Cernuda, “Birds in the night” (1962)1
No se ha reparado lo suficiente –me parece– en la catástrofe de Paul Verlaine (1844-1896), uno de los grandes poetas del siglo XIX y un poeta francés situado únicamente por debajo de Charles Baudelaire, el moderno, y de Victor Hugo (cuyo “progresismo” nadie osaba retar). Arthur Rimbaud (1854-1891) no solo lo arrasó como hombre, esposo y amante, sino que aquel estremecimiento, cuyo genio está por encima de todos (como el de Mozart o, según decía el propio Verlaine, tan amigo de lo hispánico, de Francisco de Goya), hizo de él un caso inverosímil de poeta menor.
Rimbaud convirtió la poesía de Verlaine en un rinconcito, entre bonitillo y mórbido, a visitar como complemento, y siempre en calidad de opción no muy obligatoria, al grand tour por la vida, obra y leyenda del autor de Una temporada en el infierno (1873). Si se lee completa y se reincide en la poesía de Verlaine, sorprende no únicamente como autor de algunos poemas indispensables en la antología de la poesía universal (“Crimen amoris”, “Art poétique” o “Birds in the night”), sino por la variedad existencial y métrica de una lírica que, a la vez, solo puede ser firmada por Verlaine, que creció parnasiano sin serlo nunca del todo e inspiró el simbolismo (el reproche de Charles Morice, su crítico de cabecera) sin obedecer las reglas que él habría postulado (“Que tu verso sea la buenaventura / Esparcida en el viento crispado de la mañana, / Que exhale perfumes de menta y tomillo… / Y todo el resto es literatura”).2 Su obra, finalmente, sobrevivió sin mácula al espectáculo decadentista de farsantes, lacayos e imitadores montado a su alrededor y no sin su venia.3
Es muy probable (y desconcertante) que el dictamen de Marcel Raymond, en De Baudelaire al surrealismo (1933), a casi un siglo de haberse emitido, parezca seguir siendo el correcto: “Verlaine es, todo él, una naturaleza” que se nutre de sí misma, sin influencias pues “nadie fue menos teórico que él, menos preocupado por las ambiciones estéticas y filosóficas de sus contemporáneos, menos alquimista (como lo fue Mallarmé), menos visionario y profeta (como Rimbaud). Nació para conducir hasta la perfección el lirismo íntimo y sentimental fundado por Marceline Desbordes-Valmore4 y por Lamartine y para encontrar ese tono de poesía hablada que solo es suyo, y que conviene de igual manera a la plegaria sin apresto y a la confidencia murmurada, a la expresión del deseo acre o de la efusión tierna” porque yo, según dijo, “nací romántico y habría sido irresistible”.5
Desde luego, Verlaine mismo, al hacer de Rimbaud el protagonista de su libro más famoso y célebre por equívoco (Los poetas malditos, 1884 y 1888), aceptó el sacrificio –no en balde la patología pseudomédica y después psicoanalítica lo tiene como el culmen del sadomasoquismo– sobreviviendo a Rimbaud precisamente así, como el sobreviviente ante el Altísimo. Se vieron por última vez en marzo de 1875, en Stuttgart, donde el Esposo infernal (“Rimbe”, como le decían los amigos, si en realidad los tenía) y la Virgen necia (el casado y divorciado Verlaine) se despiden batiéndose a golpes en un claro de bosque.
Ya para entonces Rimbaud, desencantado de la poesía (si es que, en el caso de un mago, se puede hablar de encantamiento), se mofaba de la presurosa y precaria reconversión de su antiguo amante y protector al catolicismo (dudó de que acaso jamás haya dejado de serlo: agustinianamente tomó el camino largo, el del pecado, para tentar la salvación) tras purgar dos años de prisión. Verlaine asumió gustoso (insisto) el papel del chivo expiatorio quien habría permitido al casi niño de las Ardenas cambiar el rumbo de la literatura occidental. Hubo de ser, empero, la siguiente generación (la de los católicos Paul Claudel y Jacques Rivière y, tras ellos, los surrealistas) la que entendiese, a plenitud, las proporciones sísmicas del caso Rimbaud.
Adicto al ajenjo desde antes de conocer en persona, tras un fervoroso intercambio epistolar, a Rimbaud el 30 de septiembre de 1871 en París, Verlaine dedicó los últimos veinte años de una vida miserable a ser el cantor e iconógrafo de la gesta rimbaudiana. Entrando y saliendo de hospitales y casas de asistencia, intoxicado de alcohol hasta el delirio (“Cuando Verlaine se emborrachaba era formidable”, escribió el joven André Gide en su Diario el 18 de marzo de 1906),6 mendigo y mendicante expoliado por amiguetes y prostitutas (que colmaron la última parte de su vida erótica, como Marie Gambier), asiduo al famoso, por lúgubre, Passage Choiseul, son esos mismos años en los que escribió –en una prueba de energía frente a la consunción solo comparable a la de su ídolo Edgar Allan Poe– en verso y en prosa, en ese periodo aparecen Romances sans paroles (1874), Cellulairement (de datación complicada), Sagesse (1880), Voyage en France par un Français (1880), Jadis et naguère (1884), Amour (1888), Parallèlement (1889), Femmes (1891), Les mémoires d’un veuf (1886), Mes hôpitaux (1891), Mes prisons (1893)y la considerable obra póstuma, como las punzantes Invectives (1896).
A excepción de Los poetas malditos, su prosa es poco leída por haber sido escrita por razones venales y su carácter mercenario es legible con frecuencia, aunque como crítico no deja de ser penetrante, cuando se cuida de la alabanza interesada y del elogio fácil, porque, despojado del estro, tenía una tendencia natural a las convenciones manidas, a satisfacer el gusto pequeñoburgués.
Cualquier enciclopedia de la literatura presenta, desde el principio, la ambigüedad como lo propio, hasta el paroxismo, en Verlaine: su primer poema publicado, en 1863, es piadoso y, sin embargo, la Revue du progrès moral es clausurada poco después por impía. Verlaine, más aún, logró lo que en su época era casi un imposible: que Mathilde Mauté –quien firmará sus memorias como “Madame Ex Paul Verlaine”– no solo lograra divorciarse de él, sino despojarlo de sus bienes por sus tentativas homicidas contra ella –golpes y........
