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El arte de paternar

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02.02.2026

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Entre otras virtudes, Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es un escritor relevante porque su obra, al cumplir su autor cincuenta años, da principio de dos maneras distintas. Una, minimalista, con Bonsái (2006) y con La vida privada de los árboles (2007), apostó por empezar a escribir donde otros terminan, ofreciendo formas traslúcidas con afán de perfección, para ahorrarse, en cansino gesto posmoderno, las fatigosas subidas y bajadas de la montaña rusa donde, gracias a la tracción eléctrica de un armatoste de feria que bien podía equiparse con la tradición literaria, el tripulante o conductor era irrelevante: alegre ante el vértigo, se dejaba llevar y asumía que todo puede terminar en una aparatosa catástrofe o solo en una tarde tonta en el parque de atracciones.

Para hablar de un favorito de Zambra –y mío también–: Georges Perec fantaseó (o me dio la impresión de querer hacerlo) con que Un hombre que duerme (1967), en su brevedad y contundencia, hiciese innecesaria la edificación posterior de un verdadero mundo en La vida: instrucciones de uso (1978). Por ello, Bonsái esun libro argumental: si todo ya está dicho, que sea suficiente entonces con enumerar los argumentos: “No quería escribir una novela, sino un resumen de novela”, dijo Zambra en Bonsái.1 Lo que Leila Guerriero, en el epílogo de la última edición del libro, la de 2022, considera un golpe de genio, a mí me sigue pareciendo un típico gesto de adolescencia al desdeñar a la literatura antes de practicarla. Esa mueca es tan vieja, en todo caso, como Perec o como Stéphane Mallarmé. Tan es así que en Bonsái, la novela del caduco escritor a quien el protagonista sirve de amanuense, acaba por titularse “sobras”.2

Si Bonsái es agradable, bonitillo y da ternurita, La vida privada de los árboles, que le siguió, me alarmó por jactancioso. Tan satisfecho estaba Zambra del éxito de Bonsái, que se daba el lujo de comentar, en esa siguiente novela, el comentario, cuando esas exquisiteces solo se las puede permitir quien ha dejado grandes poemas (no es el caso de Zambra) o ensayos extraordinarios (en cambio, No leer, de 2010, está entre la mejor crítica literaria de este siglo latinoamericano). Lo diamantino en los Cahiers, de Paul Valéry, queda autorizado por La joven parcaEl cementerio marinoMi Fausto o por Monsieur Teste, y no al revés.

Convencido de que Zambra era de aquellos que prefieren comentar la literatura, empezando por la propia, antes que practicarla, tras No leer, que reseñé con simpatía, no volví a leerlo hasta el 2023, cuando fui invitado a Santiago de Chile para hablar –con motivo de los cincuenta años del golpe militar del 11 de septiembre de 1973– de las novelas escritas en torno a aquella asonada criminal. Leí, entre algunas de ellas, Formas de volver a casa (2011), donde el tono menor ya no ocultaba la arrogancia de sus primeros libros, sino era una decisión moral y estilística mucho más interesante, la de narrar, como diría algún psicólogo, las “constelaciones familiares” ante la Historia, donde se habla de los hijos de una clase media que sobrellevó los años pinochetistas, sin ir más lejos de la prudencia, el acatamiento, el miedo o la escasamente disimulada complacencia.

Para aventurarme a hablar de cómo Zambra........

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