El fin del centro
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Durante buena parte de los últimos cincuenta años, la política occidental se construyó alrededor de una idea relativamente sencilla: las elecciones se ganaban conquistando el centro. Después de décadas marcadas por el enfrentamiento entre comunismo y capitalismo, gobernar significaba –con todas las diferencias que pudieran existir– acercarse a ese espacio político en el que podían encontrarse sectores de izquierda y de derecha. De esta manera, el centro se convirtió en uno de los principales instrumentos de estabilidad de las democracias occidentales.
Ahora mismo estamos asistiendo a su liquidación. El centro político pierde fuerza como punto de encuentro y también como refugio frente a los extremos. La polarización vuelve a ocupar ese espacio. Sin embargo, no es la primera vez que ocurre. La historia del siglo XX demuestra hasta qué punto una crisis económica, acompañada por una mala política, puede destruir los equilibrios que parecían consolidados.
La Segunda Guerra Mundial no puede entenderse sin mirar lo que ocurrió después de la Primera. El Tratado de Versalles, la fragilidad de la República de Weimar y, más tarde, la Gran Depresión fueron creando las condiciones para una radicalización política cada vez mayor. Las reparaciones impuestas a Alemania, el sentimiento de humillación, la inflación y el desempleo terminaron erosionando la confianza en las instituciones democráticas y abrieron espacio a los extremos. En ese contexto, el nazismo pasó de ser una fuerza marginal a convertirse pocos años después en la principal fuerza política de Alemania.
La paradoja histórica terminó siendo extraordinaria: democracias capitalistas y la Unión Soviética comunista tuvieron que aliarse para derrotar al nazismo y al fascismo. Terminada la guerra, buena parte de Occidente reconstruyó su arquitectura política alrededor de instituciones, consensos y grandes partidos capaces de contener los extremos. El centro no eliminó las diferencias ideológicas, pero durante décadas permitió administrarlas.
Ese mundo es el que está desapareciendo.
Nadie sabe exactamente qué ocurrirá en las elecciones intermedias de Estados Unidos del próximo 3 de noviembre. Pero las cifras de hoy permiten por lo menos observar una tendencia. Una encuesta nacional de Reuters/Ipsos publicada a principios de agosto coloca a los demócratas cinco puntos por encima de los republicanos en la intención de voto para el Congreso, 42% contra 37%, mientras la aprobación de Donald Trump ha caído en torno al 35%. Donald Trump no aparecerá personalmente en la boleta, pero puede perder esa elección. Puede perderla si los republicanos pierden la Cámara, si disminuye su capacidad legislativa o si el electorado utiliza noviembre para ponerle un límite político a su presidencia. Eso, sin embargo, no significa necesariamente que la ganen los demócratas en un sentido más profundo.
Ese es precisamente el problema. Conforme avanzamos hacia noviembre aparecen con mayor claridad las contradicciones de los dos partidos. El Partido Republicano sigue organizado alrededor de Trump y del movimiento maga, siendo Trump parte de su mayor problema. Su aprobación está........
