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13.05.2026

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A finales de la década de los cuarenta, el dramaturgo franco-rumano Eugene Ionesco se propuso aprender inglés. Para ello, había adquirido un manual para principiantes basado en el sistema Assimil; un curso que prometía enseñar el idioma sin demasiado esfuerzo, a través de frases llanas que exponían el vocabulario y la gramática anglosajonas de manera práctica. Con la idea de agilizar su proceso de memorización, Ionesco empezó a copiar en una libreta las frases que aparecían en el manual. Había ahí, como en casi cualquier libro de inglés, interacciones entre personajes incidentales; conversaciones de lo más absurdas, detrás de las cuales no parecía esconderse ningún fin práctico. No encerraban verdad alguna ni trataban de explicar el mundo: eran frases meramente funcionales, desprovistas de toda densidad humana. La mera cáscara del lenguaje.

Con el tiempo, Ionesco comprendió que había encontrado en algo tan cotidiano como un manual de inglés la clave para escribir La cantante calva, su primera pieza teatral. Atraído por esa acumulación de sinsentidos, fue apilando una a una las frases, y construyó toda una escena en la que solo se permitió usar expresiones extraídas del libro, así como a los mismos personajes que las enunciaban. A través de este procedimiento, Ionesco logró emular la vacuidad de la sociedad burguesa de la época: eran frases tan obvias, tan insoportablemente huecas que, al chocar entre sí, perdían toda su capacidad de significación. Desprovisto de trama (todo en el manual eran inacciones, señala el propio Ionesco) y plagado de clichés, el dramaturgo había visto las entrañas de una suerte de lenguaje autómata: aquel que parecía decirlo todo sin decir absolutamente nada.

No basta con afirmar que la inteligencia artificial nunca podrá reemplazar a quienes vemos en la palabra un oficio: hay que ser más astutos, ir más allá del trivial robots versus humanos. Frente al repentino boom de los modelos de lenguaje, tirar de la liga de la experiencia y la memoria parece cada vez más necesario para hacer contrapeso en la escritura. Por más optimista que una quiera ser, todo proceso creativo se origina del error y hacia él vuelve: su naturaleza es la de la reversión, la digresión y el borroneo, un territorio al que la IA aún parece incapaz de acceder.

A propósito del tema, pienso en El Turco, aquel famoso autómata creado por Wolfgang von Kempelen en el siglo XVIII: un maniquí dentro del cual un maestro ajedrecista se escondía para operar las piezas, creando una ilusión entre los observadores que llamaba a la emoción y al desconcierto. El mecanismo funcionaba con una soltura tal que permitía que los oponentes cayeran presa de los nervios, lo que finalmente los hacía perder la partida. Aunque nadie entendía bien a bien cómo operaba, la excepcional ilusión del Turco era tan grande que parecía desdibujar las fronteras entre lo real y lo fantástico.

Hago una lista de los ámbitos donde, hasta ahora, los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés) no han podido automatizar mi vida: la mutabilidad de los afectos y las falencias de mis sistemas........

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