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Estados Unidos y el futbol: un romance reciente

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15.06.2026

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De niño vivía en Chihuahua, en un hogar binacional, con la buena fortuna de ser bilingüe debido a la insistencia de mi madre de que habláramos inglés en casa. Después de graduarse de la universidad, ella se había ido de Dallas a México para dar clases en el Colegio Americano. Su plan era estar ahí uno o dos años, pero terminó quedándose décadas cuando se enamoró del país y de uno de sus ciudadanos. Con el tiempo, tuvo un especial interés en que mi hermano y yo conociéramos bien a nuestro otro país, Estados Unidos.

Por ese motivo, cuando cumplí doce años me mandaron a un campamento de verano en el norte de Wisconsin –uno de esos campamentos de película con lago, canoas y cabañas de madera–. No había otros chicos que llegaran de otros lugares al sur de Chicago y mucho menos de México. Llegué, me acuerdo perfectamente, dos días después de haberse terminado el Mundial de Argentina 78, con esa increíble final en que la selección argentina le anotó dos goles a los Países Bajos en tiempo extra y se desató esa tormenta de confeti albiceleste. Qué escenas.

Yo llegué a Camp Algonquin sin otra cosa que platicar que las hazañas de Mario Kempes, Rensenbrink, Zico y demás héroes del torneo que había fascinado a todo el planeta (según tenía yo entendido). Aunque, seamos sinceros, entre menos se hablara de la actuación del Tri en esa Copa, mejor. Pero al llegar a mi cabaña y conocer a mis nuevos amigos, me topé con que únicamente querían hablar de cómo se bailaba en Grecia. En serio. ¿A qué tipo de campamento de nerdos obsesionados con civilizaciones clásicas de la antigüedad me había mandado mi querida madre? Me tomó un par de horas entender que más bien se estaban refiriendo a los bailes de Olivia Newton-John y John Travolta en Grease, no a cómo bailaban filósofos en sus togas en la antigua Greece. Ni yo sabía de la existencia de la película, ni ellos de la del Mundial, de ahí la confusión.

Tres años después me mudé a los Estados Unidos y fue como haber sido exiliado de la comunidad deportiva mundial. En esos tiempos, al comienzo de los ochenta, Estados Unidos estaba obsesionado exclusivamente con sus propios deportes, al grado de proclamar a los campeones de sus ligas domésticas como world champions. Eso también significaba que el país estaba desconectado del deporte más popular del mundo: la liga que había traído a Pelé en los años setenta había fracasado y, a lo largo de una década, careceríamos de una liga profesional. Tampoco era fácil sintonizar un partido de soccer –el que fuera– en televisión. La selección estadounidense no había calificado para un Mundial en más de treinta años.

Este sentimiento de exilio de mi pasión futbolera me llevó a apreciar lo importante que podía ser el deporte a la hora de conectar unas personas con otras y con sus lugares geográficos. También me hizo ver la gran paradoja de que la mayor superpotencia de cultura popular no estuviera al centro, sino al margen, cuando se trataba del deporte. Como bien ha dicho el historiador Eric Hobsbawm, en la segunda mitad del siglo XX hubo dos grandes agentes universalizantes: la cultura estadounidense y el futbol. Hasta la fecha, si reuniéramos a un grupo de jóvenes de varios países escogidos al azar, los referentes compartidos entre ellos serían probablemente producciones de Hollywood y música estadounidense (o por lo menos angloamericana). Solo en el ámbito deportivo es muy probable que los referentes en común no giraran en torno a Estados Unidos.

Un blockbuster de Hollywood obtiene más del 70% de sus entradas fuera de la Unión Americana. Por cada concierto que Taylor Swift dio en su país, ofreció dos en el extranjero. Estas son producciones culturales con proyección global. El Super Bowl, por su parte, sigue siendo visto por más gente adentro de Estados Unidos que afuera. Y, como a menudo les recuerdo a mis estudiantes en la Arizona State University, Estados Unidos es un caso único, porque gran parte de sus estrellas deportivas no pueden competir internacionalmente, debido a que no hay contra quién jugar. Tom Brady nunca se pudo poner un uniforme de Team USA, por más que le llamáramos world champion.

Nada de esto ocurrió por accidente. La creación de un espacio deportivo........

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