menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Porque nosotros cada vez somos menos

24 21946
03.08.2026

De lo mundano y lo sublime (1934-1942). Epistolario de Camilo José Cela y Dolores Franco

Selección y prólogo de Adolfo Sotelo Vázquez

Fundación Banco Santander

Nombre de usuario o dirección de correo

“Querida amiga: […] La carta que acabo de recibir, no tienes derecho a habérmela mandado.” “Camilo José: […] Yo te ofrecí el primer día que hablamos ‘un modesto buen deseo de comprender’ (no pensaba entonces cuánto iba a tener que echar mano de él).” Las primeras cartas que leemos se emplean en aclarar malentendidos de las precedentes. La conversación ha empezado torcida. Camilo José Cela tenía dieciocho años; Dolores Franco, “Lolita”, veintidós. Él preparaba unas oposiciones y escribía versos, ella era estudiante de filosofía y letras. Sus familias habían sido vecinas de veraneo en Las Rozas, cerca de Madrid. Se harían amigos –ella le acepta ese trato a partir de la siguiente carta– a pesar de nunca concertar del todo sus atenciones. Una mujer menos benévola y sincera, un hombre menos tenaz –o más adulto, o menos fatuo– pronto se habrían retirado. Se escribieron con afecto e inteligencia entre 1934 y 1939. El epistolario incluye alguna carta más hasta 1943. También una de Julián Marías, el personaje secundario más importante de estos episodios, con quien la futura madre de Javier se casó en 1941. Agradecía a Cela su aval para salir de la cárcel.

Las cartas refieren los fragmentos de una historia. Una donde hay amistad, amor no correspondido, conflictos familiares, ambiciones intelectuales, poesía y reflexiones religiosas; y también violencia política, asesinatos, enfermedades y traición. Pero no una novela, sin fingimiento de autor; sin otro fingimiento que el de los protagonistas que la escriben. Del hombre, especialmente. Y más aún por poeta. Como en el teatro, lo que queda fuera de la escena se aclara por la necesidad de mantener continuidad en la representación de los autores mismos de las cartas. Leído como género de la literatura, el epistolario no precede ni a la narración ni a la representación, sino que los rebasa en que cada personaje puede juzgar el papel del otro, como en la vida. En las cartas entre personas que saben escribir, un personaje puede rebelarse contra la ficción, contra que dejen de ser vida. Y eso hace Lolita........

© Letras Libres